“El poder y la finalidad de la diplomacia estadounidense en una nueva era”

Secretario de Estado de EE. UU. Antony J. Blinken, discurso pronunciado en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados (SAIS) de la Universidad Johns Hopkins

SECRETARIO BLINKEN: Decano Steinberg, Jim, gracias por el honor de unirme a la comunidad de SAIS para ayudar a inaugurar esta magnífica nueva sede.

Jim ha contribuido muchísimo durante su destacada carrera, pero su más duradera aportación es la generación de pensadores y personas de acción que ha formado, de quienes ha sido mentor, a los que ha inspirado. Incluyéndome a mí.

El Dr. Brzezinski también creía que una de sus contribuciones más duraderas a los asuntos internacionales había sido formar a los nuevos académicos y profesionales estadounidenses, incluido el presidente Carter, que se describió a sí mismo como “un ávido alumno” de Zbig; e Ian, Mark, Mika, todos los cuales se han esforzado por acercarnos a lo que Zbig llamaba la fusión pragmática del poder estadounidense con los principios estadounidenses.

Así que hace 80 años cuando Paul Nitze se unió al entonces congresista Chris Herter para crear esta institución se dispusieron a buscar un lugar para instalarla.

Encontraron una mansión ruinosa en la avenida Florida (risas) que una vez había sido una escuela para niñas. Una vieja cancha de baloncesto hizo de la primera biblioteca de SAIS. Como mencionó Jim, tuve la experiencia de trabajar en la ubicación original de SAIS, así como el profundo y especial honor de ocupar temporalmente la oficina que Paul Nitze ocupó una vez.

Pero como tanto Nitze como Herter sabían, los edificios, desde el más humilde al más magnífico son solamente eso: edificios. Son las personas las que los infunden con ideas y propósitos.

En aquellos momentos el mundo estaba aturdido tras la Segunda Guerra Mundial. El viejo orden estaba arruinado y Nitze y Herter creían que esta institución debería tener un papel integral en la creación de un nuevo orden. Los egresados de SAIS han venido cumpliendo esta promesa desde entonces.

Ahora nos encontramos en otro momento crucial de la historia; afrontando una cuestión fundamental de estrategia, como la definió Nitze: “¿Cómo llegamos a donde queremos desde donde estamos sin que nos ocurra un desastre en el camino?”.

Hoy quiero describir la respuesta de la Administración Biden a esta cuestión profunda y vital.

Así que comencemos viendo dónde estamos.

El panorama internacional que todos ustedes están estudiando es profundamente diferente al que yo encontré cuando empecé en el gobierno hace 30 años junto con el Sr. Steinberg.

El final de la Guerra Fría trajo consigo la promesa de una marcha inexorable hacia una mayor paz y estabilidad, cooperación internacional, interdependencia económica, liberalización política y derechos humanos.

Y, efectivamente, la era posterior a la Guerra Fría marcó el comienzo de un progreso notable. Más de mil millones de personas han salido de la pobreza. Mínimos históricos en los conflictos entre Estados.  Disminución e incluso erradicación de enfermedades mortales.

Ahora bien, no todo el mundo se benefició por igual de los extraordinarios logros de este período. Y hubo serios desafíos al orden: las guerras en la antigua Yugoslavia; el genocidio en Ruanda; el 11-S y la guerra de Iraq; la crisis financiera mundial de 2008; Siria; la pandemia de COVID, por nombrar algunos.

Pero lo que estamos viviendo ahora es algo más que una prueba del orden posterior a la Guerra Fría. Es su fin.

No ha ocurrido de la noche a la mañana. Y lo que nos ha llevado a este momento será objeto de estudio y debate durante décadas. Pero cada vez se reconoce más que varios de los supuestos básicos que configuraron nuestro planteamiento de la era posterior a la Guerra Fría ya no se sostienen.

Décadas de relativa estabilidad geopolítica han dado paso a una competencia cada vez más intensa con poderes autoritarios y revisionistas. La guerra de agresión de Rusia en Ucrania es la amenaza más inmediata y aguda para el orden internacional consagrado en la Carta de las Naciones Unidas y sus principios básicos de soberanía, integridad territorial e independencia de las naciones y en los derechos humanos universales e indivisibles de las personas.

Mientras tanto, la República Popular China (RPC) plantea el desafío más importante a largo plazo, porque no solo aspira a remodelar el orden internacional, sino que cada vez tiene más poder económico, diplomático, militar y tecnológico para hacerlo.

Y Beijing y Moscú están trabajando juntos para hacer del mundo un lugar seguro para la autocracia a través de su “asociación sin límites”.

A medida que aumenta esta competencia, muchos países están cubriéndose las espaldas. La influencia de los agentes no estatales es cada vez mayor: desde empresas cuyos recursos son rivales de los de los gobiernos nacionales hasta ONG que prestan servicios a cientos de millones de personas, pasando por terroristas con capacidad para infligir daños catastróficos y organizaciones criminales transnacionales que trafican con drogas ilícitas, armas y seres humanos.

Forjar la cooperación internacional se ha vuelto más complejo. No solo por las crecientes tensiones geopolíticas, sino también por la descomunal magnitud de problemas globales como la crisis climática, la inseguridad alimentaria, las migraciones masivas y los desplazamientos.

Los países y los ciudadanos están perdiendo la fe en el orden económico internacional, y su confianza se ve sacudida por fallos sistémicos:

Algunos gobiernos utilizaron subvenciones que rompían las reglas, propiedad intelectual robada y otras prácticas que distorsionaban el mercado para obtener una ventaja injusta en sectores clave.

Una tecnología y una globalización que han vaciado y desplazado industrias enteras, y unas políticas que no han hecho lo suficiente para ayudar a los trabajadores y las comunidades que se han quedado atrás.

Y una desigualdad que se ha disparado. Entre 1980 y 2020, el 0,1 por ciento más rico acumuló la misma riqueza que el 50 por ciento más pobre.

Cuanto más persistan estas disparidades, más desconfianza y desilusión alimentan en las personas que sienten que el sistema no les está tratando justamente. Y más exacerban otros factores de polarización política, amplificados por algoritmos que refuerzan nuestros prejuicios en lugar de permitir que las mejores ideas lleguen a la cima.

Hay más democracias amenazadas. Desafiadas desde dentro por líderes electos que explotan los resentimientos y avivan los temores; erosionan la independencia de los poderes judiciales y de los medios de comunicación; enriquecen a sus compinches; reprimen a la sociedad civil y a la oposición política. Y desde el exterior, por autócratas que difunden desinformación, utilizan la corrupción como instrumento y se entrometen en las elecciones.

Cualquiera de estos acontecimientos por separado habría supuesto un serio desafío para el orden posterior a la Guerra Fría. Juntos, han creado un cambio drástico.

Así que nos encontramos en lo que el presidente Biden llama un punto de inflexión. Una era llega a su fin, una nueva comienza, y las decisiones que tomemos ahora marcarán el futuro de las próximas décadas.

Estados Unidos lidera este período crucial desde una posición de fuerza. Una fortaleza basada tanto en nuestra humildad como en nuestra confianza.

Humildad porque nos enfrentamos a desafíos que ningún país puede abordar por sí solo. Porque sabemos que tendremos que ganarnos la confianza de una serie de países y ciudadanos para los que el antiguo orden no cumplió muchas de sus promesas. Porque reconocemos que el liderazgo empieza por escuchar y comprender los problemas comunes desde la perspectiva de los demás, para poder encontrar un terreno común. Y porque nos enfrentamos a profundos desafíos en nuestro país que debemos superar si queremos liderar en el exterior.

Pero confianza, confianza, porque hemos demostrado una y otra vez que cuando Estados Unidos se une, podemos hacer cualquier cosa. Porque ningún país del mundo tiene mayor capacidad para movilizar a otros en una causa común. Porque nuestro esfuerzo continuo por formar una unión más perfecta nos permite corregir nuestros defectos y renovar nuestra democracia desde dentro. Y porque nuestra visión del futuro: un mundo abierto, libre, próspero y seguro; no es solo la de Estados Unidos, sino la aspiración permanente de personas de todas las naciones de todos los continentes.

Un mundo en el que los individuos sean libres en su vida cotidiana y puedan forjar su propio futuro, sus comunidades, sus países.

Un mundo en el que cada nación pueda elegir su propio camino y sus propios socios.

Un mundo en el que los bienes, las ideas y las personas puedan circular libre y legalmente por tierra, mar, cielo y ciberespacio, en el que la tecnología se utilice para capacitar a las personas, no para dividirlas, vigilarlas y reprimirlas.

Un mundo en el que la economía mundial se defina por la competencia leal, la apertura y la transparencia, y en el que la prosperidad no se mida únicamente por cuánto crecen las economías de los países, sino por cuántas personas participan en ese crecimiento.

Un mundo que genere una carrera hacia la cima en normas laborales y medioambientales, en sanidad, educación, infraestructuras, tecnología, seguridad y oportunidades.

Un mundo en el que se respeten el derecho internacional y los principios fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas, así como los derechos humanos universales.

Avanzaremos en esta visión guiados por un sentido de interés propio ilustrado que ha impulsado durante mucho tiempo el liderazgo de Estados Unidos en sus mejores momentos. Ayudamos a construir el orden internacional tras la Segunda Guerra Mundial e invertimos en el progreso de otras naciones y pueblos porque reconocimos que serviría a los intereses de la humanidad, pero también a los nuestros. Entendimos que, incluso siendo la nación más poderosa del planeta, forjar reglas globales comunes, con la aceptación de ciertas limitaciones, y apoyar el éxito de los demás, haría, en última instancia, que el pueblo estadounidense fuera más próspero, más pacífico y más seguro.

Y sigue siendo así. De hecho, el interés propio de Estados Unidos por preservar y reforzar este orden nunca ha sido mayor.

Ahora nuestros competidores tienen una visión fundamentalmente distinta. Ven un mundo definido por un único imperativo: la preservación y el enriquecimiento del régimen. Un mundo en el que los autoritarios son libres de controlar, coaccionar y aplastar a su pueblo, a sus vecinos y a cualquiera que se interponga en el camino de este objetivo omnímodo.

Nuestros competidores afirman que el orden existente es una imposición occidental, cuando en realidad las normas y valores que lo sustentan son de aspiración universal y están consagrados en el derecho internacional que ellos han suscrito. Afirman que lo que hacen los gobiernos dentro de sus fronteras es solo asunto suyo, y que los derechos humanos son valores subjetivos que varían de una sociedad a otra.  Creen que los grandes países tienen derecho a esferas de influencia, que el poder y la proximidad les dan la prerrogativa de dictar sus decisiones a los demás.

El contraste entre estas dos visiones no puede ser más claro. Y lo que está en juego en la competición a la que nos enfrentamos no puede ser mayor: para el mundo y para el pueblo estadounidense.

Cuando el presidente Biden me pidió que ocupara el cargo de Secretario de Estado, dejó claro que mi trabajo consistía, ante todo, en cumplir con el pueblo estadounidense. E insistió en que respondiéramos a dos preguntas fundamentales: ¿Cómo puede la participación de Estados Unidos en el exterior hacernos más fuertes aquí en el país?, y ¿cómo podemos aprovechar la renovación de Estados Unidos en el país para hacernos más fuertes en el mundo?

Las respuestas a estas preguntas han guiado la estrategia del presidente Biden desde el primer día.

Empezamos invirtiendo en nosotros mismos en el país para que Estados Unidos esté en la posición más fuerte para competir y liderar en el mundo. Como nos recuerda George Kennan “Mucho depende de salud y el vigor de nuestra propia sociedad”. Y el presidente Biden y nuestro Congreso han hecho las mayores inversiones de Estados Unidos, perdón, en generaciones para apuntalar nuestra salud y vigor.  Estamos mejorando las infraestructuras, impulsando la investigación, reforzando las industrias y tecnologías clave del siglo XXI, recargando nuestra base manufacturera, liderando la transición energética mundial.

Más que en ningún otro momento de mi carrera, de mi vida, nuestra política interior y exterior están plenamente integradas, en gran parte gracias al asesor de Seguridad Nacional Jake Sullivan, que ha desempeñado un papel destacado en la elaboración de nuestra moderna estrategia industrial y de innovación y en su alineación con nuestra política exterior.

Nuestra renovación interna refuerza el liderazgo estadounidense en el mundo y se ve reforzada por este. Y ahí es donde entran en juego el poder y la finalidad de la diplomacia estadounidense. En el centro de nuestra estrategia está la vuelta a la participación, la revitalización y la imaginación renovada de nuestro mayor activo estratégico: las alianzas y asociaciones de Estados Unidos.

Estamos trabajando con determinación y urgencia para profundizar, ampliar y alinear a nuestros amigos de nuevas maneras para que podamos hacer frente a las tres pruebas que definen esta nueva era: una competencia estratégica fiera y duradera; desafíos globales que plantean amenazas existenciales para las vidas y los medios de subsistencia en todas partes; y la urgente necesidad de reequilibrar nuestro futuro tecnológico y nuestro futuro económico, para que nuestra interdependencia sea una fuente de fortaleza, no de vulnerabilidad.

Lo hacemos mediante lo que me gusta llamar geometría variable diplomática. Empezamos con el problema que tenemos que resolver y partimos de ahí: reunimos al grupo de socios con el tamaño y la forma adecuados para resolverlo. Determinamos intencionadamente la combinación que es realmente adecuada para el propósito.

Estas coaliciones no existen en el vacío. La creación y el fortalecimiento de cualquier grupo aporta capacidades que pueden utilizarse en toda la vasta red de socios de Estados Unidos. Y cuantas más coaliciones formemos, más sinergias podremos encontrar entre ellas, incluso de formas que no habíamos previsto. Y juntos, el todo es mucho mayor que la suma de las partes.

Las democracias hermanas siempre han sido nuestro primer puerto de escala para la cooperación. Siempre lo serán. Por eso el presidente Biden convocó dos Cumbres por la Democracia con el fin de reunir a líderes de democracias grandes y pequeñas, emergentes y consolidadas, para abordar los desafíos comunes a los que nos enfrentamos.

Pero en ciertas prioridades, si lo hacemos solos, o solo con nuestros amigos democráticos, nos quedaremos cortos. Muchas cuestiones exigen un conjunto más amplio de socios potenciales, con la ventaja añadida de establecer relaciones más sólidas con más países.

Así pues, estamos decididos a trabajar con cualquier país, incluso con aquellos con los que discrepamos en cuestiones importantes, siempre que quieran beneficiar a sus ciudadanos, contribuir a resolver los desafíos comunes y defender las normas internacionales que hemos construido juntos. Para ello no basta con colaborar con los gobiernos nacionales, sino también con gobiernos locales, la sociedad civil, el sector privado, el mundo académico y los ciudadanos, especialmente los jóvenes líderes.

Este es el núcleo de nuestra estrategia para llegar de dónde estamos a dónde tenemos que estar. Y la estamos llevando a cabo de cuatro maneras principales.

En primer lugar, estamos renovando y profundizando nuestras alianzas y asociaciones, y forjando otras nuevas.

Si retrocedemos unos pocos años, algunos cuestionaban abiertamente las capacidades y relevancia de la OTAN, y el propio compromiso de Estados Unidos con esta. Hoy la Alianza es más grande, más fuerte y está más unida que nunca. Hemos incorporado un nuevo miembro increíblemente capaz, Finlandia. Suecia se incorporará en breve. Y las puertas de la OTAN siguen abiertas. Hemos mejorado nuestra disuasión y defensa, incluyendo la incorporación de cuatro nuevos batallones multinacionales al flanco este de la OTAN, y estamos aumentando las inversiones en defensa para hacer frente a desafíos emergentes, desde los ataques cibernéticos al cambio climático.

Estamos transformando el G7 en el comité de dirección de las democracias más avanzadas del mundo, combinando nuestra fuerza política y económica no solo para abordar los problemas que afectan a nuestros ciudadanos, sino también para ofrecer a los países que no pertenecen al G7 mejores formas de cumplir con sus ciudadanos.

Hemos elevado el nivel de ambición en nuestra relación con la Unión Europea. Juntos representamos el 40 por ciento de la economía mundial. Estamos utilizando ese poder para configurar nuestro futuro tecnológico y económico de forma que refleje los valores democráticos que tenemos en común.

Estamos elevando relaciones bilaterales críticas a un nuevo nivel.

Nuestra alianza con Japón, de décadas de duración, es más fuerte y trascendente que nunca, y alcanza nuevas fronteras, desde el espacio hasta la computación cuántica.

Firmamos la Declaración de Washington con la República de Corea, lo que refuerza nuestra cooperación para disuadir las amenazas de Corea del Norte, y la Declaración de Jerusalén con Israel, que reafirma nuestro compromiso con la seguridad de Israel y con la utilización de todos los elementos del poder estadounidense para garantizar que Irán nunca adquiera un arma nuclear.

Acordamos nuevas bases y acuerdos de posicionamiento con nuestros aliados Australia y Filipinas.

La asociación estratégica entre Estados Unidos e India nunca ha sido tan dinámica como ahora, ya que trabajamos juntos en todos los campos, desde los semiconductores avanzados hasta la cooperación en materia de defensa.

Y hace solo unos días, en Hanói, el presidente Biden cimentó una nueva asociación estratégica integral con Vietnam.

Hemos impulsado la integración regional. En Oriente Medio, hemos estrechado las relaciones recientes y las que mantienen desde hace décadas Israel y los Estados árabes, y estamos trabajando para fomentar otras nuevas, también con Arabia Saudita.

En nuestro propio hemisferio, que está experimentando la mayor migración y desplazamiento masivos de su historia, hemos reunido a 20 países, y seguimos sumando, en torno a una estrategia regional para garantizar una migración segura, ordenada y humana, abordando al mismo tiempo las causas profundas que hacen que las personas abandonen sus hogares en primer lugar.

Y el presidente Biden ha organizado cumbres con líderes de las Américas, el sudeste asiático, África y los países insulares del Pacífico para impulsar asociaciones transformadoras.

En segundo lugar, estamos tejiendo nuestras alianzas y asociaciones de forma innovadora y reforzándonos mutuamente, en varios asuntos y continentes.

Consideren por un momento todas las formas en que hemos reunido diferentes combinaciones de aliados y socios para apoyar a Ucrania ante la agresión de Rusia a plena escala.

Con el liderazgo del secretario de Defensa Austin, más de 50 países están cooperando para apoyar la defensa de Ucrania y construir un ejército ucraniano lo suficientemente fuerte como para disuadir y rechazar futuros ataques.

Hemos unido a decenas de países para imponer a Rusia un conjunto de sanciones, controles a la exportación y otros costes económicos sin precedentes.

En múltiples ocasiones, hemos reunido a 140 países en las Naciones Unidas, más de dos tercios de todos los Estados miembros, para afirmar la soberanía y la integridad territorial de Ucrania y condenar la agresión y las atrocidades de Rusia.

Hemos reunido a donantes, organizaciones filantrópicas y grupos humanitarios para hacer llegar ayuda vital a millones de ucranianos desplazados.

Hemos coordinado al G7, la Unión Europea y a docenas de países más para apoyar la economía de Ucrania y reconstruir su red energética, más de la mitad de la cual ha sido destruida por Rusia.

Así es la geometría variable: para cada problema reunimos una coalición adecuada al propósito.

Gracias a la notable valentía y resiliencia del pueblo ucraniano y a nuestro apoyo, la guerra de Putin sigue siendo un fracaso estratégico para Rusia. Nuestro objetivo es garantizar que Ucrania no solo sobreviva, sino que prospere, como una democracia dinámica y próspera, para que los ucranianos puedan escribir su propio futuro y valerse por sí mismos.

Hubo un tiempo en que las amenazas al orden internacional se limitaban a una u otra región. Ya no es así. La invasión rusa ha dejado claro que un ataque al orden internacional en cualquier lugar perjudicará a personas de todo el mundo. Hemos aprovechado este reconocimiento para aproximar a nuestros aliados transatlánticos e indopacíficos en la defensa de nuestra seguridad, prosperidad y libertad comunes.

Cuando Rusia cortó el suministro de petróleo y gas a Europa en invierno para intentar congelar, congelar, a los países que apoyaban a Ucrania, Japón y Corea se unieron a los principales productores de gas natural licuado de Estados Unidos para garantizar que los países europeos dispusieran de la energía necesaria para mantener sus hogares calientes durante todo el invierno. Japón, Corea, Australia y Nueva Zelanda son ahora participantes regulares y activos en las reuniones de la OTAN.

Mientras tanto, los países europeos, Canadá y otros se han unido a nuestros aliados y socios asiáticos en el perfeccionamiento de sus herramientas para hacer frente a la coerción económica de la RPC. Y los aliados y socios de Estados Unidos en todas las regiones están trabajando con urgencia para construir cadenas de suministro resistentes, especialmente en lo que se refiere a tecnologías clave y a los materiales críticos necesarios para fabricarlas.

Hemos creado una nueva asociación de seguridad, AUKUS, con Australia y el Reino Unido para construir modernos submarinos de propulsión nuclear y avanzar en nuestro trabajo conjunto sobre inteligencia artificial (IA), computación cuántica y otras tecnologías de vanguardia.

Tras la primera cumbre trilateral de líderes celebrada en Camp David el mes pasado entre Estados Unidos, Japón y Corea, estamos elevando el nivel de todos los aspectos de nuestra relación, desde el incremento de las maniobras militares conjuntas y el intercambio de información hasta la armonización de nuestras inversiones en infraestructuras globales.

Hemos reforzado la “Quad” con India, Japón y Australia para que nuestros países y el mundo entero obtengan resultados en todos los ámbitos, desde la fabricación de vacunas hasta el aumento de la seguridad marítima o la respuesta a los desafíos climáticos.

Cuando el año pasado expuse la estrategia de la Administración de “invertir, alinear y competir” con China, nos comprometimos a actuar con nuestra red de aliados y socios con un propósito común. Desde cualquier punto de vista objetivo, ahora estamos más alineados que nunca y actuamos de forma más coordinada que nunca antes.

Esto nos permite gestionar nuestra competencia con China desde una posición de fuerza, aprovechando al mismo tiempo los canales de comunicación abiertos para hablar con claridad, credibilidad y con un coro de amigos sobre nuestras preocupaciones; demostrando nuestro compromiso de cooperar en las cuestiones que más nos importan en el mundo; y minimizando el riesgo de un error de cálculo que pudiera desembocar en un conflicto.

En tercer lugar, estamos creando nuevas coaliciones para abordar los desafíos comunes más difíciles de nuestro tiempo.

Como el de cerrar la brecha mundial de las infraestructuras.

Ahora, prácticamente dondequiera que voy, oigo hablar a los países de proyectos que son destructivos para el medioambiente y están mal construidos, que importan trabajadores o abusan de ellos, que fomentan la corrupción y les cargan con una deuda insostenible.

Por supuesto, los países preferirían inversiones transparentes, de alta calidad y respetuosas con el medioambiente. Pero no siempre tienen elección. Estamos trabajando con nuestros socios del G7 para darles una opción.

Juntos, nos hemos comprometido a aportar 600.000 millones de dólares en nuevas inversiones de aquí a 2027 a través de la Asociación para la Infraestructura e Inversión Mundiales (PGII). Y estamos centrando nuestro apoyo gubernamental en áreas en las que la reducción de riesgos desbloqueará cientos de miles de millones más en inversiones del sector privado.

Permítanme darles un par de ejemplos rápidos de cómo lo estamos haciendo. Estamos realizando una serie de inversiones transformadoras en el corredor de Lobito, que es una franja de desarrollo que conecta África, desde el puerto angoleño de Lobito, a través de la RDC, hasta Zambia, con un nuevo puerto, nuevas líneas ferroviarias y carreteras, nuevos proyectos de energía ecológica, nuevo Internet de alta velocidad.

El proyecto proporcionará 500 megavatios de energía, suficiente para abastecer de electricidad a más de 2 millones de personas, reducir unas 900.000 toneladas de emisiones de carbono al año, crear miles de puestos de trabajo para los africanos y otros miles para los estadounidenses, y aportar minerales esenciales como el cobre y el cobalto a los mercados mundiales.

Cuando visité Kinsasa el año pasado, el presidente Tshisekedi dijo que Lobito era la opción que estaban esperando, la oportunidad de romper con los acuerdos de explotación y desarrollo extractivo que habían tenido que aceptar durante demasiado tiempo.

Y esta misma semana en el G20, el presidente Biden y el primer ministro de India Modi anunciaron otro ambicioso corredor de transporte, energía y tecnología que conectará los puertos de Asia, Oriente Medio y Europa. Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Francia, Alemania, Italia y la Unión Europea se unirán a Estados Unidos e India para impulsar la producción de energía limpia, la conectividad digital y fortalecer las cadenas de suministro críticas en toda la región.

Estos y otros esfuerzos para construir infraestructuras en los países en desarrollo son, en última instancia, inversiones en nuestro propio futuro: crear socios más estables y prósperos para Estados Unidos; más mercados para los trabajadores, empresas e inversores estadounidenses; y un planeta más sostenible para nuestros hijos.

Hacer una oferta más fuerte a nuestros socios también es un buen trato para Estados Unidos.

Lo mismo puede decirse de nuestro liderazgo para hacer frente a la crisis alimentaria mundial.

Más de 700 millones de personas en todo el mundo se enfrentan a la inseguridad alimentaria, incrementada por COVID, el clima y los conflictos, exacerbada ahora por el bloqueo por parte de Rusia de la circulación de grano procedente de Ucrania, el granero del mundo.

Ahora bien, he tenido la oportunidad de escuchar a los líderes de los países más afectados por esta crisis. Y lo que me han dejado claro es lo siguiente: Sí, necesitan ayuda de emergencia, pero lo que realmente quieren es inversión en resiliencia agrícola, en innovación, en autosuficiencia, para no volver a encontrarse en una crisis como esta. Nos estamos asociando con ellos para ofrecerles precisamente eso, junto con más de 100 países que han firmado una hoja de ruta mundial para actuar.

Y estamos liderando con el poder de nuestro propio ejemplo.

Estados Unidos es el mayor donante del mundo al Programa Mundial de Alimentos de la ONU: aportamos cerca del 50 por ciento de su presupuesto anual. ¿Rusia y China? Menos del 1 por ciento cada uno.

Desde 2021, Estados Unidos también ha aportado más de 17.500 millones de dólares para abordar la inseguridad alimentaria y sus causas profundas. Ello incluye más de mil millones de dólares cada año para Alimentar el Futuro, el programa insignia de USAID, nuestra asociación con 40 países para fortalecer los sistemas alimentarios. E incluye nuestro apoyo a algo llamado “VACS”, un nuevo programa que lanzamos con la Unión Africana y la ONU para identificar los cultivos africanos más nutritivos, desarrollar sus variedades más resilientes ante el clima y mejorar los suelos en los que crecen.

Cuantos más países puedan alimentar a su propia población, más prósperos y estables serán como socios; menos víctimas podrán ser de países dispuestos a cortarles el suministro de alimentos y fertilizantes; menos ayuda necesitarán de los donantes internacionales; más abundante será el suministro mundial de alimentos, lo que reducirá los precios en los mercados de todo el mundo, incluido el de Estados Unidos.

Estamos aplicando un enfoque similar a las tecnologías emergentes, como la inteligencia artificial.

En julio, el presidente Biden anunció un nuevo conjunto de compromisos voluntarios de siete empresas líderes en IA para desarrollar sistemas de IA seguros y fiables. Y ayer mismo firmaron ocho empresas líderes más.

Estos compromisos son la base de nuestra participación con una amplia gama de socios para forjar un consenso internacional sobre cómo minimizar los riesgos y maximizar el potencial de los rápidos avances de la IA.

Estamos empezando con nuestros socios más cercanos, como el G7, donde estamos diseñando un código de conducta internacional para actores privados y gobiernos que desarrollan IA avanzada, así como principios reguladores comunes, y socios como el Reino Unido, que está convocando una cumbre mundial sobre seguridad de la IA para identificar y mitigar mejor los riesgos a largo plazo.

Ahora bien, para que estas normas sean eficaces, tendremos que incorporar al debate un amplio abanico de voces y puntos de vista, incluidos los países en desarrollo. Nos hemos comprometido a hacer esto.

Dar forma al uso de la IA es fundamental para preservar la ventaja competitiva de Estados Unidos en esta tecnología y también para fomentar una innovación de la IA que realmente beneficie a las personas en todas partes, como para ayudar a predecir el riesgo de enfermedades mortales o pronosticar el impacto de tormentas más graves y frecuentes. Esta es la idea que subyace tras la reunión que organizaré en la Asamblea General de la ONU la semana que viene para que gobiernos, empresas tecnológicas y sociedad civil se centren en el uso de la IA para avanzar hacia los objetivos de desarrollo sostenible.

Permítanme darles un último ejemplo de cómo estamos creando una nueva coalición para hacer frente a un problema que probablemente mucha gente no consideraba un asunto de política exterior: las drogas sintéticas.

Solo el año pasado, casi 110.000 estadounidenses murieron por sobredosis de drogas. Dos tercios de esas muertes se debieron a opiáceos sintéticos, lo que los convierte en la principal causa de muerte entre los estadounidenses de 18 a 49 años. La crisis costó a Estados Unidos casi 1,5 billones de dólares solo en 2020, por no hablar del sufrimiento que está infligiendo a familias y comunidades en todo nuestro país.

No estamos solos en esto. Todas las regiones están experimentando un aumento alarmante de las drogas sintéticas, y ningún país puede resolver este problema por sí solo.

Es por eso que hemos creado una nueva coalición global para prevenir la fabricación y el tráfico ilícitos de drogas sintéticas, detectar amenazas y patrones de uso emergentes y promover respuestas de salud pública. Más de 100 gobiernos y una docena de organizaciones internacionales se han sumado a esa coalición. Juntos, estamos alineando prioridades conjuntas, identificando políticas eficaces, integrando a proveedores de atención a la salud, fabricantes de productos químicos, plataformas de redes sociales y otras partes interesadas clave en nuestros esfuerzos. Nos reuniremos la próxima semana en Nueva York para ampliar este trabajo.

Por supuesto, estas no son las únicas áreas en las que estamos construyendo o manteniendo coaliciones. También las estamos utilizando para abordar amenazas a la seguridad, desde el grupo de trabajo multinacional que creamos para proteger los barcos que cruzan el estrecho de Ormuz hasta la coalición de países de larga data que creamos para derrotar a ISIS.

Seguimos asociándonos con gobiernos, organizaciones regionales y ciudadanos para presionar por soluciones diplomáticas a conflictos nuevos y antiguos, desde Etiopía y el este de la RDC pasando por Armenia y Azerbaiyán, hasta Yemen, donde ayudamos a forjar y mantener una delicada tregua.

Nuestra mediación ayudó a Israel y Líbano a alcanzar un acuerdo histórico para establecer una frontera marítima entre sus países, lo que permitió el desarrollo de importantes reservas de energía en beneficio de los pueblos de ambos países y de otros lugares.

Cuanto más reunamos a aliados y socios para lograr avances reales en cuestiones críticas como la infraestructura, la seguridad alimentaria, la inteligencia artificial, las drogas sintéticas y los conflictos nuevos y antiguos, más demostraremos la solidez de nuestra oferta.

Tomemos como ejemplo cualquier desafío reciente en el que países de todo el mundo hayan recurrido a otros países poderosos para que lideren. En el mejor de los casos, nuestros competidores se han quedado al margen, cerrado sus chequeras. En el peor de los casos, han empeorado aún más los problemas y se han beneficiado del sufrimiento de otros, obteniendo concesiones políticas para vender vacunas a los países; desplegar mercenarios que hacen que los lugares inestables sean menos seguros, saquean los recursos locales y cometen atrocidades; convertir las necesidades básicas de las personas (calefacción, gas, alimentos y tecnología) en un garrote para amenazarlas y coaccionarlas.

En este punto de inflexión crítico, estamos mostrando a los países quiénes somos. También lo están haciendo nuestros competidores.

Finalmente, estamos reuniendo a nuestras antiguas y nuevas coaliciones para fortalecer las instituciones internacionales que son vitales para enfrentar desafíos mundiales.

Eso comienza con estar presente. Cuando Estados Unidos está presente, podemos configurar las instituciones internacionales y las normas que producen para reflejar los intereses y valores del pueblo estadounidense y promover nuestra visión del futuro.

Al asumir el cargo, el presidente Biden actuó rápidamente para volver a unirse a los acuerdos climáticos de París y la Organización Mundial de la Salud. Recuperamos un lugar en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Recientemente nos reincorporamos a la UNESCO, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, que desempeñará un papel en la configuración de las normas que definen la inteligencia artificial.

Hemos competido intensamente para elegir a los líderes más cualificados para dirigir agencias internacionales de establecimiento de estándares, como la Unión Internacional de Telecomunicaciones de las Naciones Unidas y la Organización Internacional para las Migraciones. Las dos estadounidenses que ganaron estas elecciones no solo fueron las mejores candidatas para el puesto: cada una es también la primera mujer en dirigir su respectiva institución.

Ahora bien, por imperfectas que sean estas instituciones, no hay sustituto para la legitimidad y las capacidades que aportan en cuestiones que importan a nuestro pueblo. Por lo tanto, tenemos un permanente interés en resolver sus imperfecciones y hacer que funcionen mejor, y no solo para Estados Unidos, sino para todo el mundo.

Cuantas más personas y naciones de todo el mundo vean que las Naciones Unidas y organizaciones similares representan sus intereses, sus valores y sus esperanzas, más eficaces serán estas instituciones y más podremos apoyarnos en ellas.

Es por eso que hemos presentado una visión afirmativa para ampliar el Consejo de Seguridad de la ONU para incorporar perspectivas geográficamente más diversas, incluidos nuevos miembros permanentes y no permanentes de África y América Latina y el Caribe.

Con el liderazgo de la secretaria Yellen, estamos dando un gran impulso para revitalizar y reformar los bancos multilaterales de desarrollo para que puedan satisfacer las necesidades apremiantes de los países de bajos y medianos ingresos que enfrentan una mala combinación de desafíos: el impacto creciente de la crisis climática, consecuencias económicas perjudiciales de COVID, inflación y una deuda aplastante.

El presidente Biden trabaja con el Congreso para desbloquear nueva capacidad crediticia para que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional proporcionen más financiamiento, con tasas más económicas, para inversiones en mitigación climática, salud pública y otras cuestiones críticas en estos países.

En conjunto, estas iniciativas lideradas por Estados Unidos generarían casi 50.000 millones de dólares en préstamos para países de bajos y medianos ingresos.

Y con nuestro fuerte impulso, el Banco Mundial pronto permitirá a los países aplazar los pagos de la deuda después de crisis climáticas y desastres naturales.

Cuando fortalecemos las instituciones internacionales, y cuando cumplen sus promesas fundamentales de garantizar la seguridad, ampliar las oportunidades y proteger los derechos; construimos una coalición más amplia de ciudadanos y países que ven el orden internacional como algo que mejora sus vidas de manera real y merece ser sostenido y defendido.

Entonces, cuando los “beijines” y los “moscús” del mundo intentan reescribir o derribar los pilares del sistema multilateral; cuando afirman falsamente que el orden existe simplemente para promover los intereses de Occidente a expensas del resto, un creciente coro global de naciones y personas dirá, y se pondrá de pie para decir: “No, el sistema que ustedes están tratando de cambiar es nuestro sistema; sirve a nuestros intereses”.

Y lo que es igualmente importante, cuando nuestros conciudadanos estadounidenses pregunten qué obtenemos a cambio de nuestras inversiones en el extranjero, podemos señalar beneficios tangibles para las familias y comunidades estadounidenses, incluso cuando gastamos menos del uno por ciento de nuestro presupuesto federal en diplomacia y desarrollo mundial.

Esos beneficios incluyen más mercados para los trabajadores y empresas estadounidenses; bienes más asequibles para los consumidores estadounidenses; suministros de alimentos y energía más confiables para los hogares estadounidenses, lo que conducirá a precios más bajos en el surtidor y en la mesa; sistemas de salud más robustos que puedan detener y hacer retroceder enfermedades mortales antes de que se propaguen a los Estados Unidos; más aliados y socios que sean más eficaces para disuadir la agresión y abordar, con nosotros, los desafíos mundiales.

Por estas y muchas otras razones, el rendimiento de Estados Unidos en el orden internacional supera con creces nuestra inversión en él.

En este momento crucial, el liderazgo global de Estados Unidos no es una carga. Es una necesidad para salvaguardar nuestra libertad, nuestra democracia y nuestra seguridad; crear oportunidades para los trabajadores y las empresas estadounidenses; para mejorar las vidas de los ciudadanos estadounidenses.

Dean Acheson, quien dirigió el Departamento de Estado después de la Segunda Guerra Mundial, observó en su relato sobre ese período, “Present at the Creation” (Presente en la creación), que, y cito: “la historia se escribe al revés, pero se vive hacia adelante”.

Acheson estaba escribiendo sobre un punto de inflexión diferente, por supuesto, pero sus palabras son válidas para cada período de profunda incertidumbre y oportunidad, incluido el que vivimos en la actualidad.

En retrospectiva, las decisiones correctas tienden a parecer obvias y los resultados finales casi inevitables.

Pero nunca lo son.

En tiempo real, hay una niebla. Las normas que habían proporcionado una sensación de orden, estabilidad y previsibilidad ya no pueden darse por sentadas. Hay riesgos inherentes a cada curso de acción, corrientes que escapan a nuestro control e innumerables vidas en juego.

Y, sin embargo, incluso en tiempos así, de hecho, especialmente en tiempos así, los encargados de elaborar políticas no pueden darse el lujo de esperar a que se disipe la niebla antes de elegir un rumbo.

Debemos actuar, y hacerlo con decisión.

Debemos vivir la historia hacia adelante, como lo hizo Acheson, como lo hizo Brzezinski, como lo hicieron todos los demás grandes estrategas que han guiado a Estados Unidos a través de momentos así decisivos.

Debemos poner la mano en el timón de la historia y trazar un camino a seguir, guiados por las cosas que son ciertas incluso en tiempos de incertidumbre (nuestros principios, nuestros socios, nuestra visión de hacia dónde queremos ir) para que, cuando la niebla se disipe, el mundo que emerja se incline hacia la libertad, hacia la paz, hacia una comunidad internacional capaz de estar a la altura de los desafíos de su tiempo.

Nadie entiende esto mejor que el presidente Biden. Y Estados Unidos está en una posición significativamente más fuerte en el mundo que hace dos años y medio debido a las acciones que él ha tomado.

Estoy convencido de que, dentro de décadas, cuando se escriba la historia de este período, tal vez lo haga alguno de ustedes, se muestre que la forma en que actuamos, de manera decisiva, estratégica, con humildad y confianza para reimaginar el poder y la finalidad de la diplomacia de Estados Unidos, que aseguramos el futuro de Estados Unidos, cumplimos con nuestro pueblo, sentamos las bases para una era más libre, más abierta y más próspera para el pueblo estadounidense y para los pueblos de todo el mundo.

Muchas gracias por escucharme.

(Aplausos.)

Gracias.