Sábado Santo: la Madre espera la promesa del Hijo

El Sábado Santo la Iglesia Católica recuerda y vive de la espera, después que el cuerpo inerte de Jesús fuera colocado en el sepulcro y, no muy lejos de allí, la Madre, en oración silenciosa durante el día y la noche, marcados por la aparente ausencia de Dios.

Un día de espera, en el tercer día del Triduo Pascual, o “el día del ocultamiento de Dios”, como lo llamó el Papa Benedicto XVI.

Se recuerda una antigua homilía que habla de un gran silencio que envuelve la tierra, porque el Rey duerme: Cristo ha muerto en la carne y desciende a lo más hondo del abismo, mientras la creación entera parece contener la respiración ante el misterio de la Cruz.

El cuerpo de Jesús ha sido colocado en el sepulcro y la Virgen María acompaña a la Iglesia. Permanece firme sin dejarse vencer por el miedo ni por el desaliento, guarda en el corazón la promesa de resurrección de su Hijo y mantiene viva la llama de la fe.

Hoy, 4 de abril, Sábado Santo, muchos discípulos huyen, se esconden o piensan que todo ha terminado al ver que Cristo se dejó crucificar. Al fallecer en la Cruz estos quedaron tristes y desilusionados. El grupo más cercano a Jesús -a excepción de María, Juan y algunas mujeres- era presa del pánico o se encontraban escondidos.

Incluso las mujeres que estuvieron al pie de la Cruz acompañando a María daban por muerto al “Maestro”, recuerda la Santa Sede, ya que el fallecimiento era considerado la etapa final. Ellas acudieron a embalsamar el cuerpo del Señor, algo que sólo era concebible si está la convicción de que todo ha terminado.

La Madre de Jesús sostiene la espera de la Iglesia en un día de aparente silencio de Dios, pero también era la “hora de María”, de la fe que no se rinde, subraya.

En medio de esa desolación, la Madre de la esperanza, persiste y resistente pensando en el cuerpo inerte de Jesús y el sacrificio que hizo por la humanidad.

Cuando en el Credo menciona que Jesús “descendió a los infiernos”, es una confesión que su amor ha llegado hasta la soledad más extrema y a las tinieblas más profundas, sostiene el Vaticano.

Estas palabras evocan aquello que repetimos cuando nos referimos a que Jesucristo “padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos”.

No hay duda de que su dolor fue “inmenso como el mar”, como canta un antiguo poema, pero tampoco hay espacio para dudar sobre su fe: la Virgen María mantuvo viva la llama de la confianza en medio de la tempestad.

Después que muchos pensaran que “todo parece perdido”, la Luz de Cristo se revelará en la mañana de Pascua o Domingo de Resurrección, la fiesta central del cristianismo.