Más de 38 universidades sin aulas: la oportunidad histórica que el Perú no puede desperdiciar

Más allá del populismo legislativo, la creación masiva de instituciones públicas en regiones olvidadas debe inspirarse en Haya de la Torre: educación virtual, alianza con la empresa y gobiernos locales como motor de transformación territorial

El Congreso de la República ha desatado una tormenta educativa que pocos anticiparon: Más de 38 nuevas universidades públicas creadas entre 2021 y 2026, seis de ellas aprobadas en una sola semana. Huaycán, Huaral, Talara, Kimbiri, el Vraem. Nombres que resuenan como un grito silenciado durante décadas, ahora convertidos en promesas legislativas. Las críticas son unánimes: falta de estudios técnicos, ausencia de financiamiento sostenible, un presupuesto que exigiría una cuarta parte de los recursos del sector Educación. «Una bomba de tiempo», advierten exministras y especialistas.

Pero detengámonos un momento. Más allá del ruido político y la legítima preocupación presupuestal, ¿no estamos ante una oportunidad histórica que el Perú no puede desperdiciar?

El sueño de Haya: la universidad como instrumento de liberación

En 1923, Víctor Raúl Haya de la Torre escribía desde el exilio: «Antes de Partido Político debía ser Universidad Popular. En un país subdesarrollado, la obra de su transformación tiene que ser paralela con la organización política y la educación, para que la conciencia sea el motor constante que movilice y empuje a las masas a una verdadera convicción de lo que significa transformar un país».

Cien años después, sus palabras resuenan con urgencia profética. Las universidades que el Congreso ha creado —con todas sus deficiencias legislativas— representan exactamente lo que Haya soñó: la descentralización radical del conocimiento, la democratización del saber, el acceso de los históricamente excluidos a la formación superior. No son actos de filantropía, sino de justicia histórica.

El error no está en crear estas universidades. El error estaría en implementarlas con la misma lógica centralista, burocrática y elitista que ha caracterizado a la educación peruana durante dos siglos.

Europa Nórdica: el modelo que anticipó el futuro

En su libro Europa Nórdica, Haya de la Torre analizó los sistemas educativos escandinavos y extrajo una conclusión luminosa: «En los países nórdicos, la universidad no es un privilegio, es una herramienta del pueblo para su emancipación». Lo que observó en Suecia, Noruega y Dinamarca no fue infraestructura monumental ni presupuestos ilimitados, sino una vinculación estratégica entre universidad, trabajo productivo y comunidad territorial.

Ahí está la clave que el Perú debe rescatar en 2025. Las nuevas universidades de Huaycán, Talara o Kimbiri no necesitan convertirse en réplicas empobrecidas de San Marcos o La Católica. Necesitan ser otra cosa: universidades populares del siglo XXI, diseñadas desde su origen para operar en modalidad virtual y semipresencial, sin esperar la construcción de campus faraónicos que nunca llegarán.

La revolución virtual: cerrar brechas sin esperar décadas

Aquí es donde la crítica presupuestal se desmorona. La tecnología educativa actual permite lanzar estas universidades de inmediato, sin aguardar años de construcción ni miles de millones en infraestructura física.

La educación a distancia —acelerada exponencialmente durante la pandemia— ha demostrado que puede cerrar tres brechas fundamentales:

Brecha económica: Un estudiante en Kimbiri no necesita pagar pasajes, alojamiento ni materiales físicos. Puede formarse desde su comunidad, sin abandonar su trabajo ni su familia.

Brecha geográfica: La Amazonía, la sierra sur, el Vraem ya no están a días de viaje del conocimiento. Están a un clic de distancia.

Brecha social: Madres solteras, trabajadores adultos, jóvenes indígenas, personas con discapacidad pueden acceder a formación universitaria con horarios flexibles y metodologías inclusivas.

Pero —y esto es crucial— la virtualidad no significa soledad. El modelo semipresencial permite encuentros periódicos en locales comunales, municipalidades, colegios. Permite que la universidad sea itinerante, territorial, viva. Exactamente como Haya imaginó las Universidades Populares de los años veinte.

Las cinco hélices: empresa, Estado, academia, gobiernos locales y sociedad

La sostenibilidad de estas universidades no vendrá del Ministerio de Educación solamente. Vendrá de una alianza estratégica multiactor que el pensamiento aprista anticipó: la articulación entre Estado, empresa privada, gobiernos locales, academia y sociedad civil.

Pensemos en la Universidad Nacional de Talara. Su pertinencia no se define en Lima, sino en el sector petrolero, pesquero y turístico de Piura. ¿Qué pasaría si Petroperú, las empresas pesqueras y los gobiernos locales cofinanciaran cátedras, laboratorios virtuales, prácticas preprofesionales? ¿Qué pasaría si el currículo lo diseñaran conjuntamente académicos, empresarios y líderes comunitarios?

Lo mismo aplica para Huaycán en Lima, donde las industrias textiles, de manufactura y servicios podrían convertirse en aliados naturales. O para Kimbiri en el Vraem, donde la agroindustria, el ecoturismo y la seguridad territorial requieren cuadros técnicos formados con visión regional.

Este modelo —conocido académicamente como las «cinco hélices del desarrollo»— no es teoría abstracta. Es la única manera de garantizar que estas universidades no se conviertan en cascarones vacíos, sino en motores de desarrollo socioeconómico territorial.

De la crítica al proyecto: el desafío de los periodistas

Como periodistas peruanos, tenemos una responsabilidad dual. Denunciar la irresponsabilidad legislativa, sí. Pero también imaginar y exigir la implementación correcta de estas instituciones que, mal que bien, ya existen en la ley.

No podemos permitir que estas 38 universidades se conviertan en elefantes blancos. Tampoco podemos permitir que el escepticismo presupuestal ahogue una oportunidad histórica de transformación nacional.

El camino es claro:

  1. Implementación inmediata en modalidad virtual y semipresencial, sin esperar infraestructura física completa.
  2. Alianzas estratégicas con empresas, gobiernos locales y organizaciones sociales para garantizar pertinencia y financiamiento compartido.
  3. Aprovechamiento de tratados internacionales del Perú en educación, ciencia y tecnología para acceder a cooperación, intercambios y fondos multilaterales (UNESCO, OEI, CAF, BID).
  4. Currículos territoriales diseñados desde y para las regiones, con enfoque en sectores productivos estratégicos.
  5. Cogobierno participativo que incluya a comunidades, estudiantes y actores productivos en la gestión institucional.

La conciencia como motor constante

Haya de la Torre escribió que la educación debía convertir a la conciencia en «el motor constante que movilice y empuje a las masas». En 2025, ese motor puede ser digital, descentralizado y democrático. Pero solo si decidimos construirlo con la misma audacia con que el Congreso creó estas universidades.

La pregunta no es si tenemos los recursos. La pregunta es si tenemos la voluntad política, la imaginación pedagógica y el compromiso territorial para hacer de estas instituciones lo que siempre debieron ser: universidades populares del siglo XXI, fieles al sueño de Haya y a las necesidades del Perú profundo.

La bomba de tiempo puede desactivarse. O puede convertirse en la chispa que encienda la transformación educativa que el país espera desde hace un siglo. La decisión es nuestra.


Las opiniones expresadas en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no representan necesariamente la posición institucional de la Federación de Periodistas del Perú.

https://www.youtube.com/watch?v=Kb49CePRJ3w&t=1s

https://comunicaciones.congreso.gob.pe/noticias/aprueban-la-creacion-de-universidades-nacionales-en-varios-departamentos-del-pais/