Día Catorce

Por: Andrea Chirinos C.

Extraño salir de mi casa e ir a algún lado.

A cualquier lado, pero salir.

Coger el carro, encender el motor, esperar, subir esa rampa pesada del estacionamiento que, por cierto, siempre me trae aquel mal recuerdo donde me distraje eligiendo una canción y choqué contra una de las columnas, manejar hasta la casa de mi mejor amiga que está al otro lado de la ciudad, soplarme el bonito tráfico de la Javier Prado, comprar un buen vino y hablar muchísimo de todas las cosas buenas y no tan buenas que han pasado en los últimos meses.

Justo como lo hice dos días antes de que declararan estado de emergencia y nos encerráramos en nuestras casas.

Se sabía que el coronavirus había llegado al Perú, se sabía que Italia estaba hecha un desastre, pero la gente aún se lo estaba tomando con calma.

Tildábamos de histeria colectiva a todos los que se alarmaban y hacían compras desmesuradas por un virus que “solo mata a los viejitos” y continuábamos con nuestras vidas.

El día siguiente, un sábado, salí con Carlita para abastecernos de lo que hiciera falta en caso Vizcarra anuncie la cuarentena, lo cual sucedió, y de paso comprar más vino.

Después de ese día, no salí de la casa por 11 días seguidos.

No porque no quisiera, solo no había tenido la oportunidad o excusa suficiente para hacerlo. Y no quería ser parte de ese grupo de personas que busca cualquier motivo para salir a la calle.

Acatemos correctamente las reglas, señores.

Pero ese día intentaron clonar mi tarjeta, sabrá dios por qué pues nunca la uso y tiene 50 céntimos de saldo, luego me llamaron a preguntarme si había autorizado cierta compra y así, entre que el chico al otro lado de la línea no entendía mis preguntas y yo no entendía sus respuestas, la única solución terminó siendo ir al banco para sacar mi token digital y minimizar el riesgo de que vuelvan a intentar clonarme la tarjeta.

Entonces salí.

No toques nada, aléjate de la gente y no hables con nadie – me dijo Carlita mientras esperaba el ascensor – No toques a nadie.

¿Por qué tocaría a alguien, en general? – río y entro al ascensor.

Mascarilla y guantes puestos. El vigilante ya no está. Ha sido reemplazado por una botella grande de alcohol y papel. Cojo un poco y salgo del edificio, como quien toma un arma y se lanza a la batalla.

Desierto.

Llegué al Derby, crucé la Encalada y caminé al Polo. Conté unos 3 taxis y 4 personas en el camino.

Todos con mascarillas puestas, mirada al frente, y en sus cabezas seguramente rondando un “aléjate de la gente y no toques nada”.

El Polo vacío, nada de autos, las tiendas cerradas y a donde quiera que veas, personas en mascarilla.

Estoy cansada de ver gente en mascarillas.

No porque piense que no se deban usar, sino porque me recuerda que vivimos en un mundo enfermo.

Llegué al banco, la máquina se reinició justo cuando ponía mi huella digital, esperé bastante, varias personas ingresaron, salieron, y sin darme cuenta me encontraba de regreso a la casa.

No hable con nadie, no toqué a nadie, claramente, pero tenía este miedo raro que me decía qué tal si tocaste algo y ahora vas a contagiar a toda tu familia.

Más que a mi familia, a mi abuela de casi 80 años. Ella es nuestro tesorito, como dijo hoy Carlita en el almuerzo, y por la que más tememos.

Un miedo incentivado y creado por todas las cifras de infectados y fallecidos que van a tope día a día.

Un miedo silencioso, al fin y al cabo, porque a algunos aún les parece que se han tomado medidas muy extremas ante tan pocos infectados, a comparación de otros países.

El problema no está en que se infecten todos, sino más bien, en que lo hagan todos a la vez. Nuestro sistema de salud no lo aguantaría.

Nos cuesta creer que este virus realmente llegue a todos, cuando es muy probable que lo haga. Que la cuarentena termine en un par de semanas no significa que saldremos a las calles y todo seguirá igual.

Habrá virus, habrá mascarillas y tendremos, por un buen tiempo, algún pensamiento similar a “no toques nada y aléjate de la gente”, al menos hasta que encuentren la cura.