Italia desfila por el alma del Perú: una hermandad que la historia no ha olvidado

Ricardo Sánchez Serra*

Este 29 de julio de 2025, por primera vez en la historia, una delegación militar italiana marchó oficialmente en la Gran Parada Cívico Militar por las Fiestas Patrias del Perú. Lo hicieron con paso firme por la avenida Brasil, bajo el sol del mediodía limeño, y su presencia no fue solo inédita: fue profundamente simbólica. A su paso, el silencio se tornó reverente. No desfilaban solo soldados: desfilaba la memoria, el respeto mutuo, la gratitud centenaria.

La participación italiana en los actos por el 204.º aniversario de la independencia del Perú no respondió solo al protocolo. Honró gestos olvidados, rescates silenciosos y vínculos invisibles entre dos pueblos que se han reconocido en la ciencia, en la guerra, en la cultura y en la compasión.

En pleno siglo XVIII, cuando el Perú aún no imaginaba la independencia, gobernó Carmine Nicola Caracciolo, noble napolitano entre 1716 y 1720. Fue el único virrey italiano de nuestra historia, y aunque operaba dentro del engranaje colonial, supo desafiarlo desde dentro: se opuso a la mita minera y buscó aliviar el sufrimiento indígena a través de reformas humanitarias.

No hay plazas en su nombre ni himnos que lo recuerden, pero su sensibilidad ante el dolor ajeno lo convierte en una figura que merece ser rescatada como ejemplo de autoridad ética en tiempos oscuros.

Mucho más adelante, en 1851, el legendario Giuseppe Garibaldi llegó a Lima. El “héroe de dos mundos” se nacionalizó peruano para obtener licencia como capitán de barco. Firmó como José Garibaldi, natural de Génova y ciudadano del Perú. Aquel gesto burocrático se convirtió en un símbolo de hermandad. El Perú no fue una escala: fue parte de su travesía moral, un puerto de dignidad en su lucha por los pueblos libres.

La influencia italiana no solo vino de combatientes. El sabio Antonio Raimondi capturó con precisión científica y afecto el alma geográfica del Perú. Gaetano Chiarella y Giovanni Battista transformaron con arte y saber el rostro urbano y académico de la nación. Como maestros, pensadores y humanistas, italianos sembraron futuro en suelo peruano.

En los intersticios de la historia peruana, ciertas gestas extranjeras se entrelazan con el alma nacional no como adorno, sino como carne viva de un legado compartido. La diplomacia humanitaria, ejercida en instantes de alto riesgo, no solo evitó ruinas: sembró memoria.

Huellas italianas en la sangre de Perú

No son solo apellidos ni monumentos dispersos: son gestos de humanidad, sacrificio y coraje que han quedado grabados en la historia peruana. Desde el virrey que desafió la injusticia colonial, hasta el almirante Sabrano –al mando del Cristoforo Colombo- que, junto a los almirantes francés Abel du Petit Thouars e inglés Frederick Stirling, enfrentó al general Baquedano para evitar la destrucción de Lima, las huellas italianas laten en cada acto de compasión y firmeza. Es hora de que esa memoria tenga rostro, palabra y monumento.Durante la Guerra del Pacífico (1879–1884), la raíz ítalo-peruana se fundió en la defensa nacional. Francisco Bolognesi, de ascendencia italiana, ofreció su vida en Arica y su inmortal frase: “Tengo deberes sagrados que cumplir”.

Una herida profunda fue el fusilamiento de trece bomberos de la Compañía Garibaldi, de origen italiano, el 14 de enero de 1881 en Chorrillos. Apagaban incendios provocados cuando las tropas chilenas les arrebataron la vida. Hoy, su mausoleo en el Cementerio de Chorrillos es un altar de valor humanitario y duelo silente.

En ese marco histórico, el desfile de 2025 no solo honra la independencia: honra también los vínculos invisibles que sostienen el alma de los pueblos. Italia desfiló no como invitada, sino como hermana emocional del Perú. Más de dos millones de peruanos son descendientes de italianos. Sus nombres, sus oficios, sus sacrificios están grabados en el tejido nacional como huellas que resisten el olvido.

Este 29 de julio, los soldados italianos no solo cruzaron Lima. Cruzaron la historia. Marcharon por los gestos que no caben en los libros, por los rescates que no se aplauden en ceremonias, por las banderas que no se izan con tela, sino con memoria, humanidad y gratitud.

Monumento al almirante Sabrano Italia – Perú, 1881 Este monumento debe hacerse. Aquí debe levantarse en su memoria, no por vanagloria, sino porque honrarla es deber de quienes no aceptan el olvido. Sabrano protegió Lima sin disparar un cañón, con diplomacia, coraje y humanidad. Este mármol no es ornamento: es testimonio de gratitud y acto de fraternidad entre naciones.

Y en tiempos de barbarie, cuando Lima temía el saqueo y la ruina, el almirante Sabrano, jefe de la escuadra italiana en el Pacífico, se alzó como protector silencioso. Su firmeza diplomática disuadió el bombardeo, y su escuadra ofreció refugio, alimentos y evacuación a mujeres, niños y miembros de la comunidad italiana. Fue una defensa sin armas, pero con autoridad moral. Su gesto salvó vidas y honró la dignidad de Lima en su hora más vulnerable.

“La gratitud es la memoria del corazón,” afirmaba Jean-Baptiste Massieu, qué mejor evocarla en este momento porque encierra una verdad profunda: la gratitud no es solo un gesto, es una forma de recordar con amor. Es el corazón quien guarda los actos nobles, los gestos silenciosos, las manos tendidas en la adversidad. Cuando agradecemos, no solo reconocemos lo recibido: lo perpetuamos. La gratitud convierte el recuerdo en vínculo, y el vínculo en legado.

Así, los gestos italianos hacia el Perú -desde el virrey que escuchó el dolor indígena, hasta los bomberos fusilados por salvar vidas, pasando por el almirante que protegió a los inocentes- no mueren en el tiempo: viven en la memoria del corazón peruano. Y cada paso que Italia dio en el desfile de 2025 fue también un paso hacia esa memoria, hacia ese corazón que no olvida.

¨Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”

L’Italia sfila per l’anima del Perù: una fratellanza che la storia non ha dimenticato Ricardo Sánchez Serra

Il 29 luglio 2025, per la prima volta nella storia, una delegazione militare italiana ha sfilato ufficialmente nella Grande Parata Civico-Militare per le Feste Nazionali del Perù. Hanno marciato con passo deciso lungo l’Avenida Brasil, sotto il sole del mezzogiorno limeño, e la loro presenza non è stata solo inedita: è stata profondamente simbolica. Al loro passaggio, il silenzio si è fatto reverente. Non sfilavano solo soldati: sfilavano la memoria, il rispetto reciproco, la gratitudine centenaria.

La partecipazione italiana alle celebrazioni per il 204º anniversario dell’indipendenza del Perù non ha risposto solo al protocollo. Ha onorato gesti dimenticati, salvataggi silenziosi e legami invisibili tra due popoli che si sono riconosciuti nella scienza, nella guerra, nella cultura e nella compassione.

Nel pieno del XVIII secolo, quando il Perù ancora non immaginava l’indipendenza, governò Carmine Nicola Caracciolo, nobile napoletano tra il 1716 e il 1720. Fu l’unico viceré italiano della nostra storia, e sebbene operasse all’interno dell’ingranaggio coloniale, seppe sfidarlo dall’interno: si oppose alla mita mineraria e cercò di alleviare la sofferenza indigena attraverso riforme umanitarie.

Non ci sono piazze che portano il suo nome né inni che lo ricordano, ma la sua sensibilità verso il dolore altrui lo rende una figura da riscattare come esempio di autorità etica in tempi oscuri.

Molto più tardi, nel 1851, il leggendario Giuseppe Garibaldi arrivò a Lima. L’“eroe dei due mondi” si naturalizzò peruviano per ottenere la licenza come capitano di nave. Firmò come José Garibaldi, nato a Genova e cittadino del Perù. Quel gesto burocratico si trasformò in simbolo di fratellanza. Il Perù non fu una semplice tappa: fu parte del suo viaggio morale, un porto di dignità nella sua lotta per i popoli liberi.

L’influenza italiana non arrivò solo da combattenti. Il saggio Antonio Raimondi catturò con precisione scientifica e affetto l’anima geografica del Perù. Gaetano Chiarella e Giovanni Battista trasformarono con arte e sapere il volto urbano e accademico della nazione. Come maestri, pensatori e umanisti, gli italiani seminarono futuro in terra peruviana.

Negli interstizi della storia peruviana, alcune gesta straniere si intrecciano con l’anima nazionale non come ornamento, ma come carne viva di un’eredità condivisa. La diplomazia umanitaria, esercitata in momenti di alto rischio, non solo evitò rovine: seminò memoria.

Tracce italiane nel sangue del Perù

Non sono solo cognomi né monumenti dispersi: sono gesti di umanità, sacrificio e coraggio incisi nella storia peruviana. Dal viceré che sfidò l’ingiustizia coloniale, all’ammiraglio Sabrano –al comando del Cristoforo Colombo– che, insieme agli ammiragli francese Abel du Petit Thouars e inglese Frederick Stirling, affrontò il generale Baquedano per evitare la distruzione di Lima, le tracce italiane pulsano in ogni atto di compassione e fermezza. È tempo che quella memoria abbia volto, parola e monumento.

Durante la Guerra del Pacifico (1879–1884), la radice italo-peruviana si fuse nella difesa nazionale. Francisco Bolognesi, di ascendenza italiana, offrì la sua vita ad Arica e la sua frase immortale: “Ho doveri sacri da compiere”.

Una ferita profonda fu la fucilazione di tredici pompieri della Compagnia Garibaldi, di origine italiana, il 14 gennaio 1881 a Chorrillos. Spegnevano incendi provocati quando le truppe cilene gli tolsero la vita. Oggi, il loro mausoleo nel Cimitero di Chorrillos è un altare di valore umanitario e lutto silenzioso.

In questo contesto storico, la parata del 2025 non onora solo l’indipendenza: onora anche i legami invisibili che sostengono l’anima dei popoli. L’Italia ha sfilato non come ospite, ma come sorella emotiva del Perù. Più di due milioni di peruviani sono discendenti di italiani. I loro nomi, i loro mestieri, i loro sacrifici sono incisi nel tessuto nazionale come tracce che resistono all’oblio.

Il 29 luglio, i soldati italiani non hanno solo attraversato Lima. Hanno attraversato la storia. Hanno marciato per i gesti che non entrano nei libri, per i salvataggi che non si applaudono nelle cerimonie, per le bandiere che non si issano con stoffa, ma con memoria, umanità e gratitudine.

E nei tempi della barbarie, quando Lima temeva il saccheggio e la rovina, l’ammiraglio Sabrano, capo della squadra italiana nel Pacifico, si levò come protettore silenzioso. La sua fermezza diplomatica dissuase il bombardamento, e la sua squadra offrì rifugio, alimenti ed evacuazione a donne, bambini e membri della comunità italiana. Fu una difesa senza armi, ma con autorità morale. Il suo gesto salvò vite e onorò la dignità di Lima nella sua ora più vulnerabile.

“La gratitudine è la memoria del cuore,” affermava Jean-Baptiste Massieu. Quale momento migliore per evocarla, perché racchiude una verità profonda: la gratitudine non è solo un gesto, è un modo di ricordare con amore. È il cuore che custodisce gli atti nobili, i gesti silenziosi, le mani tese nell’avversità. Quando ringraziamo, non solo riconosciamo ciò che abbiamo ricevuto: lo perpetuiamo. La gratitudine trasforma il ricordo in legame, e il legame in eredità.

Così, i gesti italiani verso il Perù –dal viceré che ascoltò il dolore indigeno, ai pompieri fucilati per salvare vite, passando per l’ammiraglio che protesse gli innocenti– non muoiono nel tempo: vivono nella memoria del cuore peruviano. E ogni passo che l’Italia ha compiuto nella parata del 2025 è stato anche un passo verso quella memoria, verso quel cuore che non dimentica.

Premio Mondiale di Giornalismo “Visione Onesta 2023”