Ricardo Sánchez Serra
Taiwán no es sólo una isla: es una idea. Una idea de libertad, de pluralismo, de dignidad democrática en medio de un mar de autoritarismo. La República de China (Taiwán) representa hoy la única democracia china del planeta, con elecciones libres, prensa independiente, respeto a los derechos humanos y una sociedad civil vibrante. Y sin embargo, vive bajo la amenaza constante de más de once mil misiles desplegados por el régimen comunista de Pekín, que no cesa en sus maniobras intimidatorias ni en su retórica belicista.
La comunidad internacional no puede mirar hacia otro lado. Como advirtió el jurista francés René Cassin, redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “La libertad no se mendiga, se defiende.” Taiwán ha elegido vivir en libertad, y los países democráticos tienen la obligación moral de sostener esa elección.
Estados Unidos, Japón, Corea del Sur y varias naciones europeas han expresado su respaldo firme a la supervivencia de Taiwán. No se trata de una cuestión geopolítica solamente, sino de una causa ética. Como señaló el internacionalista británico Hedley Bull: “El orden internacional no puede sostenerse si se permite que los Estados más poderosos impongan su voluntad sobre los más débiles.” Taiwán no amenaza a nadie, pero es amenazado por quien no tolera su existencia libre.
Además de su democracia ejemplar, Taiwán es un modelo de desarrollo económico, innovación científica y liderazgo en salud pública. Su industria tecnológica es vital para el mundo: produce más del 60 % de los semiconductores avanzados, esenciales para la economía digital global. Durante la pandemia, Taiwán demostró una capacidad admirable de respuesta sanitaria, con transparencia, eficiencia y solidaridad internacional. Ignorar su contribución sería desperdiciar una fuente invaluable de conocimiento y cooperación.
La exclusión de Taiwán de organismos internacionales como la OMS, por presión de China, no sólo es injusta: es peligrosa. Como dijo el ex secretario general de la ONU, Kofi Annan: “La seguridad de unos depende de la seguridad de todos.” Silenciar a Taiwán es debilitar la salud global, la ciencia compartida y la ética multilateral.
Taiwán no pide armas ni imposiciones. Pide reconocimiento, respeto y solidaridad. Pide que el mundo libre no lo abandone en nombre de intereses comerciales o temores diplomáticos. Como recordó Václav Havel, símbolo de la resistencia democrática: “La indiferencia ante la injusticia es complicidad.”
Defender a Taiwán es defender la libertad en su forma más frágil y valiente. Es sostener la esperanza de que la democracia puede florecer incluso bajo amenaza. Es decirle al autoritarismo que no todo se compra, que no todo se calla, que hay pueblos que eligen vivir de pie.






