Liderar en la adversidad para no sucumbir

Por: Alejandro Marco Aurelio Capcha Hidalgo
Periodista: Reg.-N°-4654-


La posición del gobierno José Jerí Oré es delicada y crucial, pero también decisiva y fundamental. No es una administración habitual o estándar, sino un gobierno de traspaso o interino en medio de una crisis de validez, estructura y unidad social. José Jerí encara un conjunto de complejidades: cómo sofocar o disminuir la intensidad de los riesgos que le acechan y qué oportunidades —y bajo qué condiciones mínimas— puede alcanzar, para llegar a las elecciones en condiciones, aunque fueren mínimas, de gobernabilidad.


Ciertamente, un riesgo estructural es su legitimidad precaria; no habiendo sido electo por voto popular, sino designado por un Congreso muy desacreditado. Esto lo convierte en blanco fácil de narrativas desestabilizadoras, tanto desde la izquierda radical como desde sectores oportunistas de la derecha. Simultáneamente, afronta una terrible fragmentación política: el Congreso sigue dominado por mini bancadas izquierdistas sin cohesión ideológica, que operan bajo métodos de chantaje, impunidad y cálculo electoral. Lo que dificulta cualquier posibilidad de reforma mínima de las condiciones sociopolíticas que enfrenta el gobernante.


La congregaciones y movilizaciones recientes muestran el alto grado de agitación social latente, consecuencia del descontento ciudadano que está canalizado por facciones totalitarias que no buscan el diálogo, sino el colapso institucional.


En un panorama como este, ¿qué posibilidades tiene Jerí para conducir el Perú a unas elecciones de vértigo, como las de abril de 2026, donde participarían alrededor de cuarenta candidatos para la presidencia? La presencia de figuras como Ernesto Álvarez Miranda, Denisse Miralles y Vicente Tiburcio ofrece un margen de acción institucional. Si se comunican con claridad y firmeza, pueden generar confianza en sectores moderados. Pero quedan los flecos de los sectores totalitarios. La convocatoria a elecciones generales en abril de 2026 sería una oportunidad para encauzar el sistema democrático; siempre que el gobierno consiga consolidarlas con transparencia y orden.


Tengamos en cuenta que la ciudadanía está harta de la polarización, lo que obliga a Jerí a evitar caer en provocaciones, enfocándose en resultados concretos como seguridad, inversión y justicia, aislando simultáneamente a los agitadores izquierdistas.


En este orden de ideas, es indispensable tener un discurso claro. Esencialmente, comunicar que su misión no es perpetuarse, sino restaurar; y que la transparencia, la humildad institucional y el respeto al proceso electoral en todo momento serán su bandera. Recordando que, más allá de los partidos, están los actores sociales, académicos, empresariales y laborales que pueden respaldar una transición ordenada. El gobierno debe convocarlos urgentemente, sin sectarismo.


¡Aspecto vertebral es mostrar tolerancia cero con la corrupción! Cualquier escándalo contrario sería letal. La fiscalización debe ser interna, rigurosa y pública. ¡No existe margen para errores éticos!


El presidente de transición, José Jerí enfrenta, pues, la tormenta perfecta: desconfianza ciudadana, polarización política y presión callejera. Contemplamos que, si actúa con firmeza, decencia y visión histórica, puede convertirse en un puente entre el colapso y la reconstrucción democrática; y, asimismo, en la diferencia entre esa infame narrativa caviar —embrionada con la marxista— y la democracia sin apellidos, que es el principal valor que, con el presidente Jerí a la cabeza, necesitamos defender con mucha decisión y vehemencia, para evitar la desestabilización de vuestra democracia.