En el aula A del primer grado de la Institución Educativa Emblemática Alfonso Ugarte, en San Isidro, Brenda Marilú Goñi Rafael ha encontrado algo más que un espacio de enseñanza: un laboratorio de transformación humana. Egresada de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, esta educadora de más de una década de experiencia ha desarrollado una propuesta pedagógica que coloca al Día del Logro no como una simple muestra de resultados académicos, sino como un encuentro emocional y formativo que marca la biografía educativa de los niños.
Su ensayo «La Importancia del Día del Logro en Primer Grado: Un Encuentro entre Aprendizaje y Familia» articula una visión que desafía las métricas tradicionales de evaluación educativa, proponiendo una experiencia integral donde el reconocimiento, la identidad académica y el vínculo familiar convergen para sostener el desarrollo infantil.
En esta conversación, Goñi Rafael desentraña las claves de una pedagogía que busca que los conocimientos «calen en el interior» de los estudiantes, revelando cómo una jornada aparentemente rutinaria puede convertirse en la semilla de ciudadanos seguros, curiosos y comprometidos con su entorno.

Profesora Goñi, usted plantea que el Día del Logro es «mucho más que una actividad escolar». ¿Qué transformación conceptual propone respecto a cómo entendemos tradicionalmente la evaluación en primer grado?
La evaluación tradicional mide lo que el niño sabe; el Día del Logro celebra lo que el niño se está convirtiendo. Cuando un niño de seis años presenta su primer texto leído frente a sus padres, no solo demuestra una competencia lectora: está construyendo su identidad como aprendiz, como hijo que progresa, como ciudadano en formación. Estamos ante un ritual de paso que marca el tránsito de la infancia dependiente hacia la autonomía cognitiva. La diferencia es abismal: de medir conocimientos pasamos a nutrir personas.
Su enfoque enfatiza el «reconocimiento del esfuerzo» por encima del resultado. ¿No existe el riesgo de crear una generación complaciente, satisfecha con el mero intento?
Permítame corregir esa percepción. Reconocer el esfuerzo no significa celebrar la mediocridad; significa honrar el proceso. Un niño de primer grado que logra escribir su nombre después de semanas de práctica ha conquistado el mundo tanto como un universitario que defiende su tesis. El reconocimiento del esfuerzo genera hambre de logro, no conformismo. Los niños que sienten valorado su proceso se convierten en adultos resilientes, capaces de enfrentar fracasos porque comprenden que el crecimiento es iterativo, no linear.
Usted menciona la «construcción de identidad académica». ¿Cómo se diferencia esta propuesta de las prácticas pedagógicas convencionales en la educación primaria peruana?
La educación convencional dice al niño qué debe aprender; nuestra propuesta le muestra quién puede llegar a ser. Cuando un estudiante de primer grado presenta sus trabajos en el Día del Logro, no está cumpliendo una tarea: está ejerciendo su derecho a ser reconocido como intelectual en ciernes. La diferencia es que pasamos de la pedagogía de la transmisión a la pedagogía de la revelación. El niño no recibe conocimientos; los descubre, los hace suyos, los comparte. Esta identidad académica temprana es el fundamento de la ciudadanía crítica que tanto necesita nuestro país.

El vínculo escuela-familia aparece como pilar central en su propuesta. En un contexto donde muchas familias peruanas enfrentan desafíos socioeconómicos, ¿cómo se materializa esta integración sin generar exclusiones?
La pobreza económica no es sinónimo de pobreza emocional. He trabajado con familias de diversos estratos socioeconómicos y puedo afirmar que el amor por los hijos trasciende las limitaciones materiales. El Día del Logro no requiere recursos económicos extraordinarios; requiere presencia emocional. Una madre que trabaja todo el día pero asiste a ver a su hijo leer sus primeras oraciones está ofreciendo el regalo más valioso: su atención. La integración familiar se construye con tiempo, no con dinero. Nuestro rol como educadores es crear espacios donde todas las familias, sin excepción, se sientan valoradas y necesarias en el proceso formativo de sus hijos.
Su metodología privilegia «el aprendizaje que cale en el interior». ¿Qué significa concretamente esta interiorización en el desarrollo cognitivo de un niño de seis años?
Significa la diferencia entre memorizar y comprender, entre repetir y crear. Cuando un conocimiento «cala en el interior», el niño no solo puede reproducirlo; puede transformarlo, aplicarlo a nuevas situaciones, explicárselo a otros. Por ejemplo, un niño que realmente ha interiorizado el concepto de suma no solo resuelve operaciones: reparte juguetes equitativamente, entiende que si tiene tres caramelos y le dan dos más, puede compartir con cinco amigos. El conocimiento interiorizado se convierte en herramienta de vida, no en información archivada. Esta es la diferencia entre formar seres pensantes y entrenar repetidores.
Usted destaca el desarrollo de habilidades socioemocionales a través de esta experiencia. ¿Cómo se articula esta formación emocional con las demandas académicas del currículo oficial?
Las habilidades socioemocionales no compiten con los logros académicos; los potencian. Un niño que ha aprendido a gestionar su ansiedad antes de presentar su trabajo en el Día del Logro está desarrollando herramientas que le servirán en cada evaluación futura. Un estudiante que practica la empatía escuchando a sus compañeros está fortaleciendo su comprensión lectora, porque leer también es ponerse en el lugar del otro. El currículo oficial se enriquece cuando se humaniza. No estamos quitando tiempo a las matemáticas o al lenguaje; estamos enseñando matemáticas y lenguaje desde la integralidad del ser humano.

En su trayectoria de más de una década, ¿qué transformaciones ha observado en los niños que han experimentado este enfoque del Día del Logro comparados con aquellos que no?
Los niños que han vivido experiencias significativas de reconocimiento desarrollan lo que yo llamo «confianza epistémica»: la certeza de que pueden aprender, de que sus ideas tienen valor, de que sus errores son oportunidades. He seguido la trayectoria de algunos de mis exalumnos y encuentro patrones claros: mayor participación en clase, mejor relación con sus padres respecto a los temas escolares, menos ansiedad ante las evaluaciones. Pero lo más notable es su capacidad de autorregulación emocional. Son niños que han aprendido que el aprendizaje es un proceso social, colaborativo, celebrable. Esta es la diferencia entre formar para la competencia destructiva y formar para la colaboración constructiva.
Su propuesta sugiere que el Día del Logro puede formar «ciudadanos seguros, curiosos y comprometidos». ¿No es demasiado ambiciosa esta expectativa para una sola experiencia pedagógica?
Una semilla no es el árbol, pero sin semilla no hay bosque. El Día del Logro no forma ciudadanos por sí solo; planta la semilla de la ciudadanía. Cuando un niño de seis años experimenta que su voz importa, que su familia valora su aprendizaje, que sus compañeros respetan sus logros, está vivenciando los principios básicos de la democracia: participación, reconocimiento, respeto mutuo. Estos valores, sembrados en el primer grado, pueden florecer a lo largo de toda su trayectoria educativa y vital. No es una expectativa ambiciosa; es una siembra necesaria. Los grandes cambios sociales comienzan con pequeñas revoluciones en el aula.

Finalmente, ¿cuál considera que es el mayor desafío para replicar esta experiencia en el sistema educativo nacional?
El mayor desafío es cambiar la mentalidad de que educar es llenar recipientes vacíos, por la comprensión de que educar es encender antorchas. Esto requiere formación docente, pero sobre todo, requiere que los maestros recuperemos la convicción de que estamos formando el futuro del país. El sistema educativo cambia cuando cada docente asume que su aula es un territorio de transformación social. No necesitamos grandes reformas estructurales para comenzar; necesitamos maestros que crean en el potencial transformador de cada niño y cada familia. El Día del Logro es solo una ventana hacia esa educación posible, humana, esperanzadora. El resto depende de nuestra voluntad de hacer de la educación un acto de amor inteligente hacia las nuevas generaciones.
La conversación con la profesora Goñi Rafael revela una certeza incómoda: que la transformación educativa que tanto anhelamos no requiere de revoluciones legislativas, sino de revoluciones pedagógicas gestadas desde el interior de cada aula. En un país donde los indicadores educativos siguen siendo motivo de preocupación nacional, propuestas como la suya iluminan caminos alternativos hacia una educación que forme personas antes que estadísticas, ciudadanos antes que competidores. Quizás el verdadero logro no sea lo que medimos en las pruebas estandarizadas, sino lo que sembramos en el corazón de cada niño que se atreve a aprender.








