En tiempos de polarización y discursos fáciles, conviene recordar que la verdad está por encima de etiquetas ideológicas, anticomunismos o macartismos. El caso del embajador cubano Carlos Rafael Zamora, conocido como El Gallo, merece ser contado con rigor y sin prejuicios.
Zamora llegó al Perú en 2021. Presentó sus cartas credenciales al presidente Pedro Castillo, pero fue Francisco Sagasti quien le otorgó el placet. Diplomático de vasta experiencia, con misiones en Estados Unidos, Ecuador, Panamá y Bolivia, su paso por Lima estuvo marcado por una postura respetuosa frente a los asuntos internos del país. Si hubiera existido alguna injerencia indebida, el Gobierno peruano habría actuado en su momento, como ocurre en la práctica diplomática internacional.
En septiembre de este año, diplomáticos extranjeros confirmaron que Zamora se retiraba al término de su misión. Incluso políticos conservadores declararon que sabían de su partida desde agosto. La costumbre cubana fija cuatro años de permanencia para sus embajadores, y él cumplió ese ciclo. En octubre se despidió de los embajadores del GRULA, el grupo latinoamericano, recibiendo incluso un plato recordatorio de sus colegas. Tuvo varias despedidas privadas y, como corresponde, se preparaba para despedirse oficialmente de la Cancillería.
Conviene recalcar que nos referimos únicamente a la labor diplomática del embajador Zamora en el Perú. Él ya concluyó su misión y se retiró del país; insistir en acusaciones sin pruebas es continuar con mentiras que distorsionan la verdad diplomática.
Más extraño aún resultó el comunicado de Cancillería del 7 de noviembre, que en un mismo texto mezcló el caso del salvoconducto de Betssy Chávez con la salida del embajador Zamora. Una especie de “cebiche con mango” que generó confusión innecesaria. Si Zamora acudió a la Cancillería el 28 de octubre, ¿por qué no se informó ese mismo día o al siguiente, como corresponde en la práctica diplomática? La demora y la mezcla de asuntos abrieron espacio para interpretaciones políticas que distorsionan la verdad diplomática.
El comunicado señalaba que el embajador había acudido a una reunión con el vicecanciller Félix Denegri para “dialogar con respecto a sus actividades”, tras lo cual “terminó sus funciones”. Sin embargo, en paralelo surgieron versiones que lo acusaban de injerencia y hasta de dirigir campañas contra el gobierno peruano. Se le atribuyeron fotos falsas y episodios inventados, incluso cuando se encontraba hospitalizado entre septiembre y febrero.
La verdad es que no hubo informes oficiales contra él. Un ministro de Estado me lo confirmó en el verano: “no hay nada contra él”.
Zamora no fue expulsado ni conminado a dejar el país. Simplemente cumplió su misión diplomática. En sus cuatro años buscó estrechar las relaciones entre Perú y Cuba, recordando figuras como Leoncio Prado, héroe de ambas naciones, y evocando la solidaridad histórica entre los dos pueblos.
En el mundo diplomático, cuando un embajador incurre en conductas indebidas, el país anfitrión pide su retiro y el país de origen responde de igual manera. No fue el caso de Zamora. Lo que sí hubo fue una campaña de demonización, alimentada por prejuicios y rumores.
Hoy, en un clima donde el macartismo parece haber lavado el cerebro de muchos, decir la verdad puede ser confundido con militancia. Pero no se trata de defender a un hombre por su nacionalidad, sino de defender la verdad. Zamora cumplió su misión, no fue expulsado, no fue declarado persona non grata. Lo demás son especulaciones.
La diplomacia exige seriedad y pruebas, no rumores ni falsedades. Si hubo seguimiento de inteligencia, como es natural, nunca se encontró nada que comprometiera su labor. Por eso, lo único que corresponde es reconocer que terminó su misión en el Perú como cualquier otro embajador: con despedidas oficiales y privadas, con respeto de sus pares, y con la certeza de que la verdad está por encima de ideologías y prejuicios.
Cicerón decía: “La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio.”






