La noche del 22 de octubre de 2025 quedará grabada en la memoria cultural del Perú como una experiencia inefable. En la majestuosa Iglesia María Auxiliadora de Breña, la Embajada de Hungría ofreció un concierto que desafió los límites del lenguaje humano. Fue más que música: fue una revelación espiritual, una comunión de culturas, una epifanía sonora que transformó el templo en un santuario de luz y resonancia.
Con motivo del Día Nacional de Hungría, dos artistas de renombre internacional -la legendaria cantante Márta Sebestyén y el virtuoso organista Szabolcs Szamosi- ofrecieron un programa que entrelazó lo ancestral y lo contemporáneo, lo sacro y lo popular, lo húngaro y lo universal. El repertorio incluyó himnos medievales, cantos folklóricos, piezas de Bach, Liszt, Bartók y Kodály, así como composiciones modernas que dialogaron con el alma del público peruano.
Palabras que abren el corazón
El embajador de Hungría, András Beck, inauguró la velada con un discurso emotivo y simbólico. Recordó el levantamiento de 1956 como un acto de valentía que sembró las semillas de la democracia húngara, y presentó a los artistas como “embajadores máximos” de la cultura de su país. Con humor y solemnidad, destacó la conexión espiritual entre la Iglesia anfitriona y la historia de Hungría, agradeciendo a la comunidad salesiana por abrir sus puertas por tercera vez a este gesto de hermandad cultural.
El padre Ángel Carbajal, administrador parroquial, expresó su alegría por recibir a los artistas y al público en la “Casa de María Santísima”, resaltando el valor del órgano monumental como instrumento de comunión entre pueblos. Su mensaje fue un canto a la hospitalidad, a la belleza compartida y a la esperanza de que más naciones se animen a mostrar su riqueza cultural en este espacio sagrado.

La selección musical fue una travesía por siglos de historia espiritual. Márta Sebestyén, voz emblemática del folclore húngaro, interpretó cantos que evocaron la infancia de generaciones enteras, incluyendo piezas dedicadas a la Virgen María y al rey San Esteban. Su presencia fue descrita como el cumplimiento de un sueño: cantar en Latinoamérica, especialmente en el Perú, en el año en que celebra sus 50 años de vida artística.
Szabolcs Szamosi, por su parte, hizo vibrar el órgano con obras de Bach, Widor y Liszt, así como composiciones húngaras que revelaron la profundidad de una tradición musical milenaria. Su interpretación fue descrita como una “inmensadimensidad”, una experiencia que trascendió lo acústico para convertirse en una enseñanza espiritual sobre cómo hacer las cosas con sentido y devoción.
Ovación de pie: un gesto de gratitud y asombro
Al término de las actuaciones, los asistentes -entre quienes se encontraban miembros de la comunidad húngara residente en el Perú y representantes del cuerpo diplomático acreditado en Lima- se pusieron de pie en una ovación prolongada que duró varios minutos. Fue un aplauso que no solo reconocía la excelencia artística, sino también la emoción compartida, el respeto mutuo y la belleza de un encuentro cultural sin precedentes.
Un puente entre culturas
El programa incluyó también piezas de Daniel Alomía Robles, como “El cóndor pasa”, en un gesto de respeto y diálogo con la identidad peruana. La música se convirtió en lenguaje común, en puente invisible entre Lima y Budapest, entre la Amazonía y los Cárpatos, entre el alma peruana y la sensibilidad húngara.
La velada fue coronada por miradas emocionadas, silencios reverentes y una atmósfera de comunión espiritual. Fue, como dijo uno de los asistentes, “una noche mágica, no terrenal”, donde las palabras del vocabulario humano no alcanzan para describir lo vivido.
Un gesto que trasciende
Este concierto no fue solo un evento artístico. Fue un acto diplomático de altísima resonancia simbólica. En tiempos de fragmentación, Hungría y Perú se encontraron en la música, en la espiritualidad, en la belleza. La Iglesia María Auxiliadora se convirtió en escenario de una alianza cultural que honra la memoria, celebra la diversidad y proyecta esperanza.
La Embajada de Hungría ha dejado una huella luminosa en el corazón de Lima. Y quienes estuvieron allí saben que asistieron a algo irrepetible: una sinfonía de lo sublime.








