El ex presidente del Congreso de la República, juró como nuevo jefe de Estado tras la destitución de Dina Boluarte, aprobada por el Parlamento con amplia mayoría. Su asunción marca un nuevo capítulo en la inestabilidad política del país, que en menos de una década ha visto pasar seis presidentes. Sin embargo, su llegada a Palacio no ha sido motivo de celebración, sino de controversia, debido a los antecedentes que arrastra desde hace varios años.
Sobre Jerí pesan diversas denuncias por presuntos delitos de abuso sexual, colusión y enriquecimiento ilícito, registradas en distintos periodos de su vida política y profesional. En 2013 fue acusado de abuso sexual caso que posteriormente fue archivado, pero según medios nacionales, el proceso incluyó una disposición judicial que recomendó tratamiento psicológico por conducta impulsiva. Más adelante, en su etapa como congresista, se le vinculó a presuntas irregularidades en contrataciones y un incremento patrimonial que no habría sido debidamente sustentado.
Aunque el hoy mandatario ha rechazado todas las acusaciones en su contra y sostiene que se trata de “ataques políticos”, la sombra de estos hechos continúa marcando su trayectoria. Diversos analistas y colectivos ciudadanos han cuestionado que una figura con ese historial haya asumido el máximo cargo del país, en un momento en que la población exige transparencia y rendición de cuentas.
El acto de juramentación se realizó en una sesión solemne del Congreso, en medio de un ambiente tenso. Jerí prometió un gobierno de transición “que devuelva la estabilidad y la confianza”, además de convocar a nuevas elecciones generales en abril de 2026. Sin embargo, las palabras del nuevo presidente contrastan con la creciente desconfianza ciudadana y con la convocatoria a un paro nacional para este 15 de octubre, impulsado por la generacion Z.
En los primeros discursos tras su juramentación, Jerí intentó proyectar una imagen de firmeza y apertura al diálogo, señalando que priorizará la seguridad ciudadana, la lucha contra la corrupción y la recuperación económica. Pese a ello, las críticas no se han hecho esperar. En redes sociales, el hashtag #JeríNoNosRepresenta se ha vuelto tendencia, reflejando el rechazo de una parte importante de la población, mientras analistas advierten que su legitimidad política podría erosionarse rápidamente si no muestra resultados concretos en sus primeras semanas de gestión.
El reto para Jerí es mayúsculo. Asume el poder con un Congreso dividido, una ciudadanía agotada por los constantes escándalos políticos y una crisis de seguridad que mantiene en zozobra a miles de peruanos. Además, el paro del 15 de octubre pondrá a prueba su capacidad de gestión y diálogo, en un país que parece haber perdido la fe en sus instituciones.
Mientras tanto, la comunidad internacional observa con cautela el nuevo panorama político peruano. Embajadas y organismos multilaterales han pedido respeto al orden democrático y una transición pacífica, aunque la incertidumbre persiste. Por ahora, José Jerí Oré inicia su mandato entre promesas de cambio y un pasado que sigue pesando sobre su figura.
El nuevo presidente enfrenta así su mayor desafío convencer a un país cansado de promesas y escándalos de que puede gobernar con transparencia y autoridad. Mientras las calles se preparan para una nueva jornada de protesta y la opinión pública mantiene la mirada sobre sus pasos.









