Por: Alejandro Marco Aurelio Capcha Hidalgo
Periodista: Reg.-N°-4654-
La Unión Europea ha presentado esta semana, a través de la Comisión, el documento comercial o la convención comercial con el bloque sudamericano que se había estado discutiendo durante 25 años. Además, ha renovado su convenio comercial con México, cuya primera interpretación empezó a aclararse en 1994. Es el final y decisivo paso previo a su ratificación por los Veintisiete y por el Parlamento comunitario. El trámite final no está exento de riesgos, pero el hecho que de que haya cedido la tradicional resistencia hiperproteccionista de Francia hará difícil que se forje una minoría de bloqueo en torno a la nueva presidencia ultraderechista polaca frente a una mayoría cualificada que por principio está garantizada y confirmada.
La integración en el contexto de este mercado común (avance con Mercosur) es una noticia excelente porque consolidará la alianza general en la historia de la Unión: un mercado conjunto de 780 millones de personas; un aumento previsto del 40% en los intercambios comerciales (de 100.000 millones de euros) entre ambos bloques; y un ahorro en aranceles estimado de 4.000 millones anuales para los europeos, sin olvidar que los gravámenes desaparecerán en más de un 80% en ambas direcciones.
El tratado es recíproco o de doble sentido (bilateral) impulsará las exportaciones industriales europeas a Mercosur en sectores clave —el automóvil, la metalurgia, la farmacia— castigados en otros ámbitos geográficos y permitirá el aumento de las exportaciones agrícolas suramericanas modulándolo en cuotas y manteniendo unos aranceles practicables. En caso de problemas graves para algún subsector se activará un fondo especial comunitario de 6.300 millones.
Asimismo, perfeccionan el contexto. Las limitaciones al comercio impuestas a la UE por Donald Trump, y que cooperaron a apresurar este pacto, se verán en parte compensadas por él. Es el mayor logro de la Comisión en el segundo mandato de Ursula Von der Leyen, afectado por severos reveses respecto al primero: desde el nefasto acuerdo arancelario con Washington —que empeora las cosas sin dar estabilidad a las relaciones bilaterales—hasta el giro ultraconservador en política migratoria pasando por obstaculizar el desarrollo del Pacto Verde. La sintonía con Mercosur supone un alivio en lo geoeconómico, pero desborda ese ámbito hacia la geopolítica, avasallada por la presión de EEUU, Rusia y China. El tratado es la base para un estructurado de relaciones con el conjunto de Latinoamérica, la región del mundo más parecida en valores e intereses a Europa. Y con un pie clave —Brasil— en el grupo de economías emergentes BRICS. (Brasil, Rusia, India, China). España puede sentirse orgullosa: porque su entrada en la UE hace 40 años es lo que permitió el enlace especial con el subcontinente americano; por sus lazos históricos y culturales; porque la última fase negociadora la desencadenó la presidencia española del Consejo en 2023; y porque, entre los Veintisiete, es el tercer socio comercial de Mercosur y, habitualmente, uno de los tres primeros mundiales de Latinoamérica.






