Ricardo Sánchez Serra
En un gesto de alta significación diplomática, el presidente Donald Trump ha reafirmado, con motivo de la Fiesta del Trono, el reconocimiento de Estados Unidos a la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara, así como su firme respaldo a la Propuesta de Autonomía presentada por el Reino como “la única base para una solución justa y duradera” al diferendo. Este pronunciamiento no es un acto aislado: es la consagración de una alianza histórica que se remonta a los albores mismos de la independencia estadounidense.
Pocos recuerdan que Marruecos fue el primer país del mundo en reconocer la independencia de Estados Unidos en 1777, cuando aún se libraba la guerra contra el Imperio Británico. Ese gesto fundacional dio inicio a una relación bilateral marcada por el respeto mutuo, la cooperación estratégica y una visión compartida de estabilidad regional. Hoy, esa alianza se traduce en un Tratado de Libre Comercio vigente, en una colaboración diplomática constante y en una convergencia geopolítica que trasciende continentes.
El respaldo de Washington al plan de autonomía marroquí no es una excepción: más de 100 países en el mundo han reconocido esta propuesta como la vía más seria, creíble y realista para resolver el conflicto del Sáhara. Treinta Estados han inaugurado consulados en El Aaiún y Dakhla, consolidando así su reconocimiento efectivo de la soberanía marroquí sobre el territorio. Esta dinámica internacional refleja una verdad incontestable: Marruecos no está solo, y su propuesta no es una imposición, sino una solución legítima que busca la paz.
Marruecos, bajo el liderazgo del Rey Mohammed VI —descendiente directo del Profeta Mahoma, lo que le confiere una autoridad espiritual y política de enorme peso en el mundo árabe e islámico—, se ha convertido en un actor geopolítico de primer orden. Su influencia en la ONU, su rol estabilizador en África y su capacidad de diálogo con las potencias globales lo posicionan como un pilar de equilibrio en una región marcada por tensiones y fracturas.
Sin embargo, la solución al conflicto del Sáhara sigue estancada por la obstinación del grupo terrorista Frente Polisario —vinculado con Hezbollah, ISIS y redes extremistas del Sahel— y por la injerencia de Argelia, país que creó artificialmente este conflicto y lo alimenta con recursos, propaganda y obstrucción diplomática. La ONU, atrapada en una lógica de consensos imposibles, ha sido incapaz de avanzar hacia una resolución efectiva, mientras miles de personas siguen atrapadas en campamentos de Tinduf, sin derechos, sin libertad y sin futuro.
Es hora de que el Perú abandone su política anquilosada y se sume a esta corriente internacional que respalda la propuesta de autonomía marroquí. No se trata de alinearse por conveniencia, sino de reconocer una solución ética, viable y respaldada por la mayoría de la comunidad internacional. El Perú, país que ha sufrido el flagelo del terrorismo y que conoce el valor de la paz, no puede seguir ignorando la realidad de un conflicto manipulado por intereses ajenos al bienestar de los pueblos.
Respaldar a Marruecos no es solo un acto diplomático: es un gesto de coherencia histórica, de solidaridad con una nación que ha demostrado ser un socio confiable, un defensor de la estabilidad regional y un promotor de soluciones pacíficas. Es también un reconocimiento al liderazgo del Rey Mohammed VI, cuya visión de desarrollo, inclusión y modernidad ha transformado el rostro del Magreb y ha proyectado a Marruecos como un puente entre África, Europa y el mundo árabe.
La Fiesta del Trono no es solo una celebración nacional: es una reafirmación de la continuidad histórica, de la legitimidad política y de la dignidad institucional de Marruecos. Que Estados Unidos haya elegido este marco para reiterar su respaldo no es casualidad: es una señal clara de que el mundo está cambiando, y que las soluciones reales requieren valentía, visión y compromiso.
El Perú debe estar a la altura de ese cambio. Porque la neutralidad frente a la injusticia no es prudencia, es indiferencia. Y porque en la defensa de la soberanía legítima, de la paz duradera y del derecho internacional, no hay espacio para la ambigüedad.








