Contra la desinformación: cuando la verdad es rehén del odio

Ricardo Sánchez Serra

En tiempos donde la imagen se convierte en arma y el dolor infantil en moneda de propaganda, la verdad exige coraje. En los últimos días, diversos medios internacionales han difundido reportes que acusan a Israel de provocar deliberadamente el hambre en Gaza. Pero detrás de esas afirmaciones se esconde una maquinaria de desinformación que explota el sufrimiento humano con fines políticos, distorsiona diagnósticos médicos y convierte la tragedia en espectáculo.

La propaganda de Hamás, amplificada por ciertas agencias internacionales, ha logrado instalar una narrativa que ignora hechos verificables. Mientras tanto, Israel —con apoyo logístico y sin condiciones— permite el ingreso de ayuda humanitaria, coordina lanzamientos aéreos de alimentos, establece pausas diarias para facilitar convoyes y conecta líneas eléctricas para abastecer de agua potable a casi un millón de personas. La Fundación de Defensa Humanitaria para Gaza ha entregado más de 94 millones de raciones desde mayo, y sólo esta semana distribuyó más de un millón.

Pero la verdad no vende titulares. Lo que se difunde son imágenes de niños como Osama al-Raqab, presentado como víctima de inanición por “bloqueo israelí”, cuando en realidad padece fibrosis quística, enfermedad genética grave. Osama fue evacuado por Israel, recibe tratamiento en Italia y está en proceso de recuperación. Lo mismo ocurre con Sila Barbah y Mohammed al-Muatouq, niños con trastornos digestivos y neuromusculares, retratados como víctimas del hambre sin mención alguna a sus condiciones médicas.

La BBC, CNN y The New York Times han publicado estas imágenes sin verificar los diagnósticos. Algunos medios, como La Repubblica y Corriere della Sera, han rectificado. Pero el daño ya estaba hecho: la emoción manipulada, el odio sembrado, la verdad silenciada.

No hay hambruna intencional en Gaza. Lo que hay es una guerra iniciada por Hamás el 7 de octubre, una guerra que se prolonga por su negativa a liberar a los secuestrados y a deponer las armas. La presión internacional no debe dirigirse a Israel, sino a quienes usan a los niños como escudos y a la miseria como estrategia.

La pregunta ética es clara: ¿Quién prolonga el sufrimiento del pueblo palestino? ¿Quién impide la paz? ¿Quién manipula la compasión mundial para encubrir su violencia? La respuesta no está en los titulares, sino en los hechos. Y los hechos, cuando se verifican, no acusan a Israel. Acusan a Hamás.