Ricardo Sánchez Serra
En un mundo donde la palabra política suele desvanecerse entre fórmulas vacías o proclamas tácticas, el discurso del rey Mohammed VI con motivo de la Fiesta del Trono se impone como un acto de alta conciencia ética, sentido de Estado y fidelidad al destino colectivo. No es un mensaje ritual, ni mera enumeración de cifras: es la arquitectura hablada de una visión que humaniza el poder, convierte el desarrollo en justicia concreta y transforma la diplomacia en un lenguaje de reconciliación. El monarca no se limita a gobernar; educa con la palabra, funda futuro con el verbo.
Desde sus primeras líneas, llama a su pueblo con ternura firme: “querido pueblo”. No es una fórmula protocolar, es una alianza renovada. En ese vocativo hay afecto, pero también deber mutuo, y el reconocimiento de que el Trono no es pedestal, sino servicio. El discurso convierte la memoria nacional en brújula viva, reconociendo los logros pero rehuyendo la autocomplacencia. Con voz serena y mirada crítica, el monarca exige que el crecimiento no solo se mida en megaproyectos, sino en dignidad compartida. Reivindica que sin justicia espacial no hay auténtico desarrollo, y que Marruecos no debe ser una nación a dos velocidades.
El mensaje interpela a los responsables públicos, pero también convoca al alma colectiva: hay que corregir disparidades, habilitar los territorios desde sus especificidades, y abandonar los enfoques mecánicos. El rey propone una nueva generación de programas de desarrollo territorial, no como receta tecnocrática, sino como gesto de equidad. Su palabra no distingue al habitante de Casablanca del de una aldea rural; reconoce a todos como destinatarios legítimos de la promesa nacional.
Y lo hace respaldado por una infraestructura que no es ornamento, sino columna vertebral de un modelo de desarrollo inclusivo. Marruecos ha multiplicado sus autopistas, pasando de menos de 100 km en 1999 a más de 1.850 km en la actualidad, conectando los principales polos económicos del país. La ampliación de la línea de alta velocidad entre Kenitra y Marrakech, tras el éxito de Al Boraq, encarna una visión de movilidad moderna y equitativa.
En el ámbito portuario, el complejo Tanger Med se ha consolidado como el primer puerto de África y del Mediterráneo, con más de 10 millones de contenedores tratados en 2024. A ello se suma el proyecto del Puerto Dajla Atlántico, concebido como infraestructura estratégica para las provincias del sur, y el desarrollo de Nador West Med, que refuerza la resiliencia logística nacional.
Los aeropuertos también han sido objeto de modernización profunda. La nueva terminal del aeropuerto Mohammed V en Casablanca eleva su capacidad a más de 20 millones de pasajeros anuales, mientras que el plan “Aeropuertos 2030” busca triplicar la capacidad nacional para alcanzar los 80 millones, en preparación para la Copa Mundial de 2030.
Estas obras no son solo cifras: son puentes hacia la cohesión territorial, motores de inclusión social y símbolos de una voluntad política que no se conforma con el presente. Bajo el liderazgo del monarca, Marruecos no solo construye caminos, puertos y estaciones; construye confianza, pertenencia y futuro.
Y lo hace desde una política de Estado que trasciende los ciclos gubernamentales. Marruecos no reinventa su rumbo cada cinco años, ni somete su desarrollo a vaivenes partidistas. Bajo el liderazgo del monarca, el país ha consolidado una hoja de ruta estratégica que se mantiene firme más allá de los cambios de gabinete. Esta continuidad institucional —que en otros países se diluye entre promesas efímeras y planes abandonados— permite que los megaproyectos, las reformas sociales y las alianzas internacionales se desarrollen con visión de largo plazo. Marruecos no improvisa: construye sobre cimientos estables, y esa coherencia es parte de su fuerza. En lugar de estancarse en cada transición política, el Reino avanza, porque su política de Estado no depende del calendario electoral, sino del compromiso con el futuro.
En el plano internacional, el monarca vuelve a tender la mano a Argelia con una elegancia poco común en la retórica política. Habla de fraternidad, no de conveniencia; de historia compartida, no de cálculo geoestratégico. El discurso rehúye el antagonismo y opta por la nobleza del reencuentro. Reafirma su fe en la Unión Magrebí no como nostalgia ideológica, sino como necesidad histórica que exige coraje político. Marruecos se perfila como país emergente, sí, pero lo hace sin sacrificar el lenguaje de la paz ni la vocación integradora.
La referencia a las Fuerzas Armadas, a los mártires de la Nación, al legado de los monarcas pasados, no cierra el discurso en un tiempo ceremonial: lo proyecta. Es un recordatorio de que el presente está hecho también de memoria, y que gobernar es, en parte, rendir homenaje activo a quienes dieron forma a lo que hoy somos. El pasaje coránico que lo concluye no es imposición religiosa, sino invocación del cuidado: el Dios que alimenta en la escasez y da seguridad en el miedo es también símbolo de un liderazgo que protege sin ostentación.
Este discurso no solo honra a Marruecos; honra al oficio de gobernar con decencia. Es un testimonio de cómo el lenguaje político puede reconciliar, sanar, movilizar. El rey convierte la palabra en pacto y el trono en tribuna ética. En tiempos donde muchos líderes elevan la voz para dividir, él la modula para unir. Ese es el verdadero poder: no el que impone, sino el que convoca desde la raíz de lo humano.








