
Por Ricardo Sánchez Serra*
Dombás.– En Mariúpol, entre los restos de Azovstal, encontré crucifijos ecuatorianos y estampas polacas sobre fragmentos de munición y circuitos rotos. Eran los últimos objetos de jóvenes mercenarios que murieron lejos de casa, reclutados por promesas ambiguas y propaganda ideológica. Junto a ellos, libros que glorificaban a Hitler, casacas acribilladas con balas y símbolos nazis: reliquias capturadas del Batallón Azov, que aún en su derrota exhibía el rostro de una guerra que no solo mata, sino que corrompe el sentido de lucha.
Estos objetos no son simples evidencias: son reliquias de una guerra transnacional, donde la fe y la identidad fueron arrastradas al barro de la propaganda. Cada crucifijo, cada estampa, cada insignia nazi sobre una mochila quemada, es un testimonio del fracaso ético de nuestro tiempo.

“Mesa de inspección sobre combate en Azovstal: chaleco antibalas perforado, gorra acribillada, fusil modificado, cuchillo táctico, máscara de gas, insignias del Batallón Azov, libros con simbología nazi, estampas religiosas polacas y crucifijos ecuatorianos. Fragmentos de una identidad militante que entrelaza fe, odio y propaganda. Un altar bélico donde la espiritualidad se vuelve camuflaje y la ideología, estandarte.”
En Donetsk, frente a un monumento de rosas metálicas forjadas sobre ladrillo, oré. No por banderas, sino por los niños. El memorial -parte del Alley of Angels- está hecho de juguetes, flores y nombres. Cada rosa entrelazada con casquillos de munición, cada paloma forjada en hierro, es un grito silencioso: aquí murieron niños, no combatientes. En una de las fotos que tomé, estoy junto a las flores que las familias colocan cada día, como acto de amor y resistencia. Ese lugar no es un símbolo político: es un altar de duelo.
Pero lo que más me estremeció fue lo que no se dice. En los parques del Dombás, drones ucranianos lanzan minas antipersonales, pequeñas y brillantes. Los niños, atraídos por el fulgor, se acercan. Y entonces pierden los dedos. O los ojos. O la vida. No hay comunicados. No hay condenas. Solo padres que entierran lo que queda, y monumentos que intentan recordar lo que fue.
Estos drones no son ciegos. Tienen cámaras, son guiados por técnicos, y eligen sus blancos. No son errores: son decisiones. Y esas decisiones han convertido mercados, hospitales y plazas en campos de mutilación. Lo vi con mis propios ojos en el Hospital de Donetsk: niños sin dedos u ojos, hombres a los que intentaban salvarles las piernas, señoras con metralla incrustada en las extremidades, víctimas de un dron que atacó un mercado. ¿Qué objetivo militar puede justificar eso?

¿Quién narra estos crímenes?
Los ataques contra civiles -bombardeos a hospitales, mutilaciones por drones, minas en zonas escolares- han sido documentados por médicos, testigos y familiares. Sin embargo, la mayoría de los medios internacionales callan, o repiten versiones oficiales sin contrastar. ¿Dónde está la veracidad? ¿Dónde la ética informativa?
Mientras los misiles rusos -con toda la crudeza que implica cualquier guerra- buscan infraestructura militar, los drones ucranianos apuntan a civiles, con la intención de generar malestar, de sembrar odio contra el presidente Vladimir Putin, de desgastar emocionalmente a las comunidades. Pero ese cálculo político está fracasando. Porque no se puede ganar una guerra sembrando cadáveres infantiles.

Monumento al paciente recuperado frente al Hospital Regional de Traumatología de Donetsk. Escultura de Pavel Chesnokov y Juri Baldin que representa la dignidad del cuerpo herido y la esperanza de sanación. En tiempos de guerra, se convierte en símbolo laico de resiliencia y fe en la vida
La guerra moderna ha convertido la infancia en blanco colateral. Y el silencio editorial en cómplice involuntario. Este artículo no busca justificar ni absolver. Busca testimoniar. Porque si el periodismo no puede proteger, al menos debe preservar la memoria.
Este texto no es una crónica más. Es una oración escrita entre ruinas, una advertencia para quienes aún creen que la guerra puede tener rostro noble.

Flores y muñecos que madres y padres depositan cada día en memoria de sus hijos asesinados por los bombardeos. No es un lugar político, es un santuario de duelo, donde la inocencia se defiende con pétalos
“Toda guerra es una guerra contra los niños”, afirmó Eglantyne Jebb, fundadora de Save the Children. Que esta frase sea el epitafio de nuestra indiferencia. Que mi presencia en el Dombás no se olvide. Porque si el mundo calla, que al menos quede escrito: aquí murieron niños, y no por error.
*Premio Mundial de Periodismo “Visión Honesta 2023”
Donbas: The objects that speak of war, the children who no longer have a voice
By Ricardo Sánchez Serra*
Donbas.- In Mariupol, among the ruins of Azovstal, I found Ecuadorian crucifixes and Polish holy cards scattered over fragments of ammunition and shattered circuits. They were the last belongings of young mercenaries who died far from home, recruited by ambiguous promises and ideological propaganda. Alongside them were books glorifying Hitler, bullet-ridden uniforms, and Nazi symbols: relics recovered from the Azov Battalion, which even in defeat displayed the face of a war that not only kills, but corrupts the very notion of struggle.
These are not mere pieces of evidence: they are relics of a transnational war, where faith and identity were dragged through the mud of propaganda. Each crucifix, each holy card, each Nazi insignia on a charred backpack is a testament to the ethical failure of our time.
In Donetsk, I prayed before a monument of metallic roses forged into brick. Not for flags, but for the children. The memorial -part of the Alley of Angels- is composed of toys, flowers, and names. Each rose intertwined with shell casings, each dove wrought in iron, is a silent cry: children died here, not combatants. In one of the photos I took, I stand beside the flowers that families lay daily, as an act of love and resistance. This place is no political symbol: it is a shrine of mourning.
But what shook me most was what goes unspoken. In the parks of Donbas, Ukrainian drones drop small, gleaming antipersonnel mines. Children, drawn by their sparkle, approach. And then lose their fingers. Or their eyes. Or their lives. There are no press releases. No condemnations. Only parents burying what remains, and monuments trying to remember what once was.
These drones are not blind. They have cameras, are guided by technicians, and select their targets. These are not errors: they are choices. And those choices have turned markets, hospitals, and plazas into fields of mutilation. I saw it with my own eyes at the Donetsk Hospital: children missing fingers or eyes, men being treated in hopes of saving their legs, women with shrapnel embedded in their limbs- victims of a drone that attacked a marketplace. What military objective can justify that?
Who tells these crimes? Attacks on civilians -hospital bombings, drone mutilations, mines in school zones- have been documented by doctors, witnesses, and families. Yet most international media remain silent, or echo official statements without scrutiny. Where is the truth? Where is the journalistic ethics?
While Russian missiles -with all the brutality any war entails- target military infrastructure, Ukrainian drones aim at civilians, seeking to sow unrest, incite hatred against president Vladimir Putin, and emotionally exhaust communities. But that political calculation is failing. Because a war cannot be won by planting the corpses of children.
Modern warfare has turned childhood into a collateral target. And editorial silence into an unwitting accomplice. This article does not seek to justify or absolve. It seeks to bear witness. Because if journalism cannot protect, at least it must preserve memory.
This text is not just another chronicle. It is a prayer written among ruins, a warning to those who still believe war can wear a noble face.
“Every war is a war against children”, said Eglantyne Jebb, founder of Save the Children. Let that phrase be the epitaph of our indifference. Let my presence in Donbas not be forgotten. Because if the world remains silent, at least let it be written: children died here, and not by mistake.
*World Journalism Prize «Honest Vision 2023»







