Portugal y Marruecos: dos diplomacias que honran la paz, la fraternidad atlántica y la causa del entendimiento

Ricardo Sánchez Serra

La historia diplomática no está hecha solo de tratados, cumbres y comunicados. Está forjada por gestos que ennoblecen la política exterior, por alianzas que trascienden los intereses inmediatos, y por principios que elevan el diálogo entre naciones. La reciente visita del ministro de Asuntos Exteriores del Reino de Marruecos, Nasser Bourita, a Lisboa —invitado por su homólogo portugués Paulo Rangel— encarna precisamente ese espíritu.

La Declaración Conjunta firmada en esta ocasión no solo ratifica la madurez del vínculo entre Rabat y Lisboa; representa un mensaje claro al mundo: el camino de la paz pasa por el reconocimiento mutuo, por el respeto a las soberanías y por el impulso de soluciones políticas justas. Portugal reafirmó, con firmeza y elegancia diplomática, su respaldo a la Iniciativa marroquí de Autonomía para el Sáhara, calificándola como “la base más seria, creíble y constructiva” para resolver este contencioso, en conformidad con las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU.

Este gesto político adquiere mayor relieve si se sitúa en el contexto de una diplomacia portuguesa caracterizada por su sobriedad, su coherencia y su vocación atlántica. Portugal dialoga sin estridencias. Escucha, comprende y honra sus compromisos multilaterales con una serenidad que lo convierte en puente natural entre Europa, África y América Latina.

Del lado marroquí, la diplomacia liderada por Su Majestad el Rey Mohammed VI se ha consolidado como firme, visionaria y profundamente africana. Marruecos se proyecta hoy como motor de desarrollo y proveedor de estabilidad en África, con iniciativas concretas como el gasoducto Nigeria-Marruecos, el Proceso de Estados Africanos Atlánticos, y el plan estratégico para garantizar el acceso del Sahel al océano.

Pero hay un esfuerzo que merece especial reconocimiento: la inversión masiva y sostenida en el Sáhara marroquí. Desde el lanzamiento del Nuevo Modelo de Desarrollo en 2015, Marruecos ha movilizado miles de millones de dólares para transformar la región en un polo de prosperidad. Se han construido hospitales, universidades, carreteras, puertos, zonas industriales, centros culturales y proyectos de energía renovable. Estas inversiones no son cosméticas: son estructurales. Buscan garantizar autonomía administrativa, cohesión social y oportunidades reales para las poblaciones saharianas. Como señaló el analista Ilan Berman, “Marruecos ha invertido metódica y profundamente en fomentar tanto la autonomía política como la prosperidad económica de sus provincias del sur”.

Ambos países celebraron además dos hitos históricos que honran su vínculo: los 250 años del Tratado de Paz de 1774 y los 30 años del Tratado de Buena Vecindad de 1994. Más que fechas simbólicas, son testimonio de una continuidad ética, cultural y estratégica que hoy se renueva con fuerza.

Los dos ministros reafirmaron además su compromiso con la paz y la seguridad regional, con la resolución pacífica de los conflictos, y con el respeto al derecho internacional. Una convergencia que no nace del cálculo, sino de la coincidencia profunda en principios que dignifican la práctica diplomática.

En este marco de entendimiento, resuena una frase de Henry Kissinger que resume el espíritu de este momento: «La victoria es el resultado de la negociación, no de la guerra»

Marruecos y Portugal no solo negocian: construyen. No solo acuerdan: coinciden. Su alianza no es táctica, sino civilizatoria.

Desde esta orilla atlántica, dos naciones tienden un puente de entendimiento que honra la historia y anticipa el futuro. Que este gesto inspire a otros actores a abandonar el lenguaje del antagonismo, y a retomar el idioma universal de la paz.

La diplomacia, cuando es digna, no separa: une. Y ese es hoy el verdadero triunfo.