Ricardo Sánchez Serra*
Cada 23 de julio, Egipto celebra su Fiesta Nacional conmemorando la Revolución de 1952, momento fundacional de la república moderna y Cada 23 de julio, Egipto celebra su Fiesta Nacional conmemorando la Revolución de 1952, momento fundacional de la república moderna y punto de inflexión en la historia política árabe. Esta fecha no sólo evoca la recuperación soberana de sus instituciones, sino también el inicio de un liderazgo que, siete décadas después, sigue siendo esencial para la arquitectura regional y global.
Una expresión popular en círculos diplomáticos resume su relevancia: “Si Egipto estornuda, todo el Medio Oriente se resfría.” Lejos de ser una exageración, esta frase describe con precisión la centralidad política de Egipto en el equilibrio regional. Su estabilidad interna y su política exterior influyen directamente en la dinámica de sus vecinos y socios estratégicos.
Desde el tratado de paz con Israel en 1979 hasta su papel activo como mediador en los conflictos de Gaza, Libia, Sudán y Yemen, Egipto ha defendido la vía diplomática como herramienta para preservar la paz y fomentar el entendimiento. Su política exterior se ha caracterizado por el pragmatismo, el respeto por la soberanía y la construcción de consensos, manteniendo canales abiertos con Washington, Moscú, Bruselas, Riad y Teherán sin perder autonomía estratégica.
Egipto es miembro fundador de la ONU, de la Liga Árabe, de la Unión Africana y del Movimiento de Países No Alineados. Ha ocupado en seis ocasiones un asiento en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y ha participado en más de 37 operaciones de mantenimiento de la paz en cuatro continentes, con más de 30.000 efectivos desplegados. Todo esto lo convierte en uno de los pilares más activos del multilateralismo internacional, y en un referente ético en los espacios donde se construyen los equilibrios globales.
En los últimos años, ha asumido un rol destacado en materia de seguridad alimentaria, lucha contra el terrorismo, gobernanza migratoria y diplomacia climática. La organización de la COP27 en Sharm el-Sheij y el lanzamiento de la Iniciativa Nacional para Proyectos Verdes Inteligentes posicionan a Egipto como un líder regional en desarrollo sostenible.
Esta vocación de liderazgo no es improvisada; brota de una civilización que ha sabido nutrir el alma humana. Como recuerda un proverbio egipcio:
“El conocimiento es el alimento del alma.” Una frase que encarna la convicción de que el saber es base de estabilidad, de proyección cultural y de poder respetado. Desde los escribas de Tebas hasta los diplomáticos del siglo XXI, Egipto ha utilizado el conocimiento como instrumento de diálogo y reconciliación.
Ese liderazgo dialogante y visionario está también reflejado en las palabras de Henry Kissinger, figura clave de la diplomacia moderna:
“La tarea de un líder es llevar a su gente de donde está, hasta donde no haya llegado jamás.” Egipto ha encarnado esa misión en múltiples momentos históricos: guiando a su nación hacia la paz con Israel, activando puentes intercontinentales con África, Asia y Europa, y apostando por el multilateralismo como clave de sobrevivencia regional.
En este 23 de julio, Egipto no sólo conmemora una fecha patriótica; reafirma su lugar como eje de estabilidad regional, plataforma diplomática y puente entre civilizaciones. En tiempos de fragmentación global, su voz equilibrada y su legado cultural siguen iluminando el camino hacia un orden más justo, plural y compartido.
*Premio mundial de periodismo «Visión Honesta 2023»
🇪🇬 Egypt: A Pillar of Diplomacy and Stability in the Middle East
Ricardo Sánchez Serra*
On July 23rd, Egypt commemorates its National Day, marking the 1952 Revolution that transformed the country into a republic and redefined its role on the regional and global stage. Today, Egypt stands not only as a historical and cultural beacon, but as a strategic actor whose diplomacy, leadership, and institutional resilience continue to shape the Middle East.
A well-known saying captures this reality: “When Egypt sneezes, the entire Middle East catches a cold.” This phrase reflects Egypt’s centrality in the region’s political equilibrium, its ability to influence outcomes, and its enduring weight in Arab affairs.
From the peace treaty with Israel in 1979 to its current mediation efforts in Gaza, Libya, and Sudan, Egypt has consistently championed dialogue over confrontation. Its foreign policy is marked by pragmatism, balance, and a commitment to regional stability. Cairo maintains open channels with diverse actors—from Washington to Moscow, from Riyadh to Tehran—without compromising its strategic autonomy.
Egypt is a founding member of the United Nations, the Arab League, the African Union, and the Non-Aligned Movement. It has served six terms as a non-permanent member of the UN Security Council and contributed over 30,000 personnel to peacekeeping missions across four continents. Its diplomatic tradition is rooted in multilateralism and the defense of sovereignty, development, and peaceful coexistence.
In recent years, Egypt has played a decisive role in counterterrorism, migration governance, and climate diplomacy. It hosted COP27 in Sharm El-Sheikh and launched the National Initiative for Smart Green Projects, positioning itself as a regional leader in sustainable development.
This vocation for leadership draws from a civilizational depth few nations can match. As an ancient Egyptian proverb reminds us:
“Knowledge is the nourishment of the soul.”
This timeless wisdom is reflected in Egypt’s emphasis on intellectual tradition and cultural diplomacy—from the scribes of Memphis to the scholars of Alexandria. Egypt’s influence stems not only from strategy, but from the knowledge it shares with the region and the world.
Such leadership resonates with the words of Henry Kissinger, who once said:
“The task of a leader is to take his people from where they are to where they have never been.”
Throughout its modern republic, Egypt has lived this idea—guiding not only its citizens, but also its regional partners, through transitions marked by complexity and promise. From forging Arab-Israeli peace to building African-Mediterranean bridges, Egypt has remained a stabilizing force and a visionary player.
On this National Day, Egypt reaffirms its role as a pillar of diplomacy, guardian of stability, and bridge between civilizations. In a time of global fragmentation, its voice continues to bring perspective, resilience, and reconciliation.
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