El devastador temporal que azotó el centro de Texas durante el feriado del 4 de julio causó el desborde repentino del río Guadalupe, elevando niveles de agua entre 6 y 9 metros en cuestión de horas, lo que provocó inundaciones históricas en localidades como Kerrville y Hunt.
En primer lugar, las autoridades estatales y federales confirmaron más de 100 víctimas mortales, entre ellas decenas de niños que se encontraban en el campamento cristiano Camp Mystic; además, al menos 161 personas permanecen desaparecidas tras el paso de la tormenta.
Asimismo, el especialista en climatología y gestión de desastres del Instituto de Clima de la Universidad de Lima, Javier Paredes, explicó que “eventos de lluvia extrema como este se intensifican por el cambio climático y la falta de sistemas de alerta temprana en zonas vulnerables”, advirtiendo que fenómenos similares podrían repetirse con mayor frecuencia en los próximos años.
Por otro lado, las labores de búsqueda y rescate continuaron pese a las condiciones adversas; más de 850 personas han sido evacuadas por aire y agua, y se despliegan drones, botes y equipos caninos en las zonas más afectadas del Hill Country, mientras persiste el riesgo a nuevas crecientes.
Finalmente, los gobiernos locales y federales anunciaron declaraciones de desastre mayor, activando recursos de emergencia y fondos estatales, aunque las críticas señalan que la ausencia de alarmas y sirenas en comunidades rurales pudo agravar la catástrofe.









