«La inclusión sin apoyo es exclusión disfrazada»: Edith Solis revoluciona la educación en Ecuador

La docente ecuatoriana comparte su experiencia de 11 años trabajando con estudiantes neurodivergentes y cuestiona el abismo entre las políticas educativas y la realidad en las aulas.

En una escuela de Santo Domingo, Ecuador, Edith Yessenia Solis Coloma transforma silenciosamente la vida de sus estudiantes. Con una maestría en Educación Básica y más de una década de experiencia, esta docente de tercer año en la Unidad Educativa Mentor Gamboa Collantes se ha convertido en una voz autorizada sobre inclusión educativa, especialmente para estudiantes con Trastorno del Espectro Autista (TEA).

Su enfoque crítico y reflexivo sobre la inclusión me llevó a buscarla para una conversación sincera sobre los desafíos que enfrentan tanto educadores como estudiantes en un sistema que, según ella, muchas veces «declara ser inclusivo en el papel, pero en la realidad opera sobre estructuras capacitistas».

Edith, usted tiene una extensa formación académica y 11 años de experiencia. ¿Qué la motivó a especializarse en educación inclusiva?

Mi motivación nació de la realidad misma del aula. Cuando comencé a ejercer como docente, me encontré con estudiantes diversos, con necesidades muy diferentes, y me di cuenta de que mi formación inicial no era suficiente. Cada niño con autismo, con TDAH o con cualquier otra condición que llegaba a mi clase me enseñaba que los modelos tradicionales simplemente no funcionaban para todos.

Decidí formarme porque entendí que la inclusión no es opcional, es un derecho. Y para garantizar ese derecho, necesitaba herramientas concretas, no solo buenas intenciones. La maestría y los cursos que he tomado han sido fundamentales, pero honestamente, mis mejores maestros han sido mis propios estudiantes.

En su ensayo «Desafíos y oportunidades en la inclusión de estudiantes con autismo en escuelas regulares», usted menciona que «la inclusión sin apoyo es una exclusión disfrazada». ¿Podría profundizar en esta idea?

Esta frase resume una realidad dolorosa. En Ecuador, como en muchos países de Latinoamérica, hemos avanzado en legislación inclusiva, pero seguimos muy atrás en implementación real. No podemos hablar de inclusión cuando un docente tiene 40 estudiantes en el aula, uno o dos con condiciones específicas, y ningún apoyo adicional.

Cuando recibimos a un estudiante con autismo sin los recursos necesarios, sin formación específica y sin acompañamiento profesional, lo que hacemos es exponerlo a un sistema que no está diseñado para él. El niño está físicamente en el aula, pero ¿está realmente incluido? ¿Participa significativamente? ¿Aprende? La mayoría de las veces, no.

La verdadera inclusión requiere transformación estructural: recursos, formación docente continua, personal especializado y, sobre todo, un cambio de paradigma sobre cómo entendemos la educación. Sin esto, estamos disfrazando la exclusión con un discurso bonito de inclusión.

Como docente en activo, ¿cuáles son los mayores obstáculos que enfrenta para implementar prácticas inclusivas en su aula?

El primer obstáculo es estructural: aulas sobrepobladas y escasez de recursos. Es muy difícil implementar adaptaciones individualizadas cuando tienes tantos estudiantes y tan poco tiempo.

El segundo es la falta de equipo multidisciplinario. Necesitamos psicólogos educativos, terapeutas del lenguaje y otros especialistas trabajando junto a los docentes. La inclusión no puede ser responsabilidad exclusiva del maestro de aula.

Y el tercero, quizás el más sutil pero igual de importante, es cultural. Todavía enfrentamos resistencia de algunos colegas, directivos e incluso familias que ven la diversidad como un problema y no como una oportunidad. Desafortunadamente, el capacitismo está profundamente arraigado en nuestras instituciones.

Su currículum muestra una formación continua impresionante. ¿Considera que la preparación docente en Ecuador está a la altura del desafío inclusivo?

Agradezco el reconocimiento, pero debo ser honesta: mi formación ha sido en gran parte por iniciativa propia. El sistema de capacitación oficial ofrece cursos valiosos, como los que he tomado sobre necesidades educativas especiales o prevención de violencia, pero son insuficientes para la complejidad que enfrentamos.

La preparación docente en Ecuador está mejorando, pero aún prima un enfoque generalista. Necesitamos formación específica, práctica y contextualizada. No basta con teorías sobre inclusión; necesitamos saber exactamente qué hacer cuando un estudiante con autismo tiene una crisis sensorial en el aula, o cómo adaptar una evaluación para un niño con dificultades específicas de aprendizaje.

La verdadera preparación la conseguimos a través de redes informales de apoyo entre colegas, investigación autodidacta y, tristemente, de nuestros propios errores y aciertos.

¿Cómo ha cambiado su práctica pedagógica a partir de su experiencia con estudiantes neurodivergentes?

Ha cambiado completamente. Ahora planifico pensando en la diversidad desde el principio, no como una adaptación posterior. Utilizo mucho más los apoyos visuales, estructuro claramente las rutinas y ofrezco múltiples formas de expresión para mis estudiantes.

También he aprendido a estar más atenta a las señales no verbales, a anticipar posibles detonantes de estrés y a crear espacios seguros dentro del aula donde cualquier estudiante puede regular sus emociones.

Pero el cambio más profundo ha sido filosófico: ya no veo mi rol como «enseñar contenidos», sino como crear condiciones para que todos puedan aprender a su manera. Y esto beneficia a todos los estudiantes, no solo a quienes tienen una condición específica.

En uno de los anexos fotográficos de su ensayo aparece la frase «La inclusión se enseña con el ejemplo». ¿Cómo aplica este principio en su comunidad educativa?

El ejemplo es nuestra herramienta más poderosa. Cuando mis estudiantes me ven interactuar respetuosamente con un compañero que se comunica de forma diferente, están aprendiendo inclusión. Cuando adapto una actividad para que todos puedan participar desde sus fortalezas, estoy modelando inclusión.

También intento visibilizar y celebrar la diversidad. En mi aula tenemos conversaciones abiertas sobre nuestras diferencias, aprendemos sobre neurodivergencia y cuestionamos los estereotipos. No escondo las diferencias, las normalizo.

Y por supuesto, trabajo de cerca con las familias. La inclusión debe trascender el aula; necesitamos que las familias de todos los estudiantes entiendan y valoren la diversidad. Organizamos talleres, encuentros y actividades donde familias de niños neurotípicos y neurodivergentes interactúan y aprenden juntas.

Usted ha trabajado en diferentes instituciones educativas. ¿Ha notado avances significativos en la inclusión durante su trayectoria profesional?

He visto avances importantes, especialmente en términos de conciencia. Cuando empecé hace once años, el autismo era prácticamente desconocido para muchos colegas; hoy existe mayor reconocimiento y voluntad de aprender.

También veo más recursos disponibles, aunque insuficientes, y políticas más claras. Sin embargo, el avance es desigual. Algunas instituciones han logrado crear culturas verdaderamente inclusivas, mientras otras siguen reproduciendo modelos segregadores bajo una fachada inclusiva.

Lo que me preocupa es que los avances dependen demasiado de voluntades individuales: un director comprometido, un grupo de docentes motivados, familias que presionan… Necesitamos que la inclusión sea sistemática, no excepcional.

¿Qué consejos daría a otros docentes que se sienten abrumados ante el desafío de la inclusión?

Primero, reconocer que es normal sentirse abrumado. La inclusión es desafiante y nadie espera que lo hagas perfecto desde el día uno.

Segundo, buscar apoyo. Conéctate con otros docentes, únete a comunidades de aprendizaje, comparte tus dudas y tus logros. La inclusión no se hace en solitario.

Tercero, formarte continuamente, pero siendo selectivo. No todo curso sobre inclusión es valioso; busca formación práctica y basada en evidencia.

Y finalmente, cuidarte. El desgaste profesional es real y no podemos ayudar a nuestros estudiantes si estamos agotados. Establece límites saludables y recuerda que la transformación educativa es un maratón, no una carrera de velocidad.

Si pudiera implementar un cambio inmediato en el sistema educativo ecuatoriano para mejorar la inclusión, ¿cuál sería?

Sin duda, reduciría la ratio de estudiantes por docente y garantizaría la presencia de equipos multidisciplinarios en cada escuela. Es imposible hablar de inclusión efectiva con aulas de 35-40 estudiantes y sin profesionales de apoyo.

Este cambio requeriría inversión, claro, pero es una inversión con retorno garantizado: estudiantes más felices, docentes menos desgastados y una sociedad que realmente valora la diversidad.

Para finalizar, ¿qué mensaje le gustaría transmitir a las familias de estudiantes con autismo?

Les diría que su hijo o hija tiene un lugar legítimo en la escuela regular, que no están «haciendo un favor» al sistema al incluirlo, sino ejerciendo un derecho. Les animaría a ser aliados de los docentes, compartiendo estrategias que funcionan en casa y estando abiertos a la comunicación constante.

También les recordaría que la inclusión es un camino, no un destino. Habrá días mejores que otros, habrá desafíos, pero cada pequeño avance es significativo. Y sobre todo, que no están solos en este camino. Cada vez somos más los educadores comprometidos con construir escuelas donde todos pertenecen, no por obligación legal, sino porque creemos firmemente que la diversidad nos enriquece a todos.

Al concluir nuestra conversación, queda claro que Edith Solis no solo es una docente con una sólida formación académica, sino una verdadera agente de cambio que transforma la educación desde las trincheras del aula. Su mirada crítica nos recuerda que la verdadera inclusión requiere mucho más que buenas intenciones: demanda recursos, formación, apoyo institucional y, sobre todo, un profundo cuestionamiento de lo que consideramos «normal» en nuestras escuelas.

Como ella misma afirma, parafraseando su poderoso ensayo: «La inclusión no es una utopía, sino un derecho que se construye día a día con acciones concretas, compromiso y sensibilidad pedagógica». WhatsApp: +593 96 928 2265