Shipibos para Lima y el mundo

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La comunidad amazónica de Cantagallo nos abre sus puertas.
La comunidad amazónica de Cantagallo nos abre sus puertas.

Por Alan Benavides Romero

En medio del gris urbano, ocultos tras la carretera, sobrevive una de las comunidades nativas que mejor ha sabido conservar sus raíces culturales. Los shipibos, llegados de lo más profundo de la selva, nos ofrecen lo mejor de su gente al mismo tiempo que intentan adaptarse a la excluyente economía de la ciudad.

Para llegar a Cantagallo, caminamos un par de cuadras de la Plaza de Acho, en la vía de Evitamiento. En plena carretera, atravesamos un centro comercial ferretero y terminamos subiendo un pequeño cerro donde se levantan casas de madera con hermosos murales que le dan color a la primera comunidad nativa asentada en Lima.

Integrada por indígenas de la etnia shipibo-konibo, provenientes de Loreto y Ucayali, esta comunidad es un islote de selva enclavada entre suburbios y los autos que pasan a toda velocidad ignorándolos. El modo simple de vida que llevan contrasta con las dificultades que conlleva la gran ciudad donde tienen que sobrevivir.

“Cuando me trajeron a Lima, tenía diez años. Estamos asentados aquí hace quince años, en tres corrientes migratorias, desde los ochentas por el terrorismo hasta el 2000, cuando eran mano de obra barata de los exportadores. Esto fue antes un relleno sanitario, vinieron diez familias y ahora somos doscientos sesenta y cinco” nos relata Juan Agustín Fernández “Ronorica”, representante de la comunidad. “La comunidad es autogestionaria. Las madres artesanas salen al ver que no vienen los turistas, y corren peligro. La cultura urbana siempre absorbe a las culturas pequeñas, pero somos resilentes y lo nuestro es fuerte”.

La anterior gestión municipal decidió destinar setenta y seis millones de dólares para construirles un conjunto habitacional en Canto Grande, pero Ronorica dice que ahora Castañeda ha utilizado dichos fondos para el bypass de 28 de Julio, aunque les ha prometido que ya no los va a molestar. No les ofrecen titulación, por lo que considera que el problema no queda ahí.

Mientras nos ofrecen sus prendas y artesanías, llegan activistas de diferentes colectivos y ONGs para asesorarlos en la venta de sus productos, para ayudarlos a imbuirse en la vorágine exportadora que pareciera ser una salida. Aunque escuchan atentas como mejorar sus productos para el mercado turista, las artesanas shipibas parecen no mostrar apuro en cambiar su ritmo de vida.

Los niños juegan subiendo y bajando por el cerro, mientras los jóvenes, con apariencia más urbana, hablan de salir el sábado. Los colores shipibos adornan toda la comunidad, aunque parezcan ser invisibles para el resto de la ciudad.

Orgulloso de sus raíces, Ronorica nos muestra su vecindario, donde la selva sobrevive a lo urbano.
Orgulloso de sus raíces, Ronorica nos muestra su vecindario, donde la selva sobrevive a lo urbano.
La cultura shipiba nos ofrece una invaluable diversidad.
La cultura shipiba nos ofrece una invaluable diversidad.

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